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Editorial de la edición N° 246

Otra vez y van…

Elías Canetti decía que el acto de partir es una forma de evitar el presente porque invariablemente pretendemos trasladar al futuro todo aquello que no estamos en condiciones de resolver. El pensamiento del premio Nobel, en traducción libre al criollo, permite entender mejor eso de “estamos mal pero vamos bien” con el que se nos empuja hacia el último trimestre del segundo semestre del año (o al 2017) para recobrar aquellos equilibrios personales y sociales que, según insistentes consideraciones, fueron despilfarrados.

Sin embargo y bien leída la frase, la comprensión no apaga la alarma.

El cuadro de situación socio-económico actual, despojada la observación de cualquier ideología, podría ser calificado como árido, para utilizar un adjetivo campestre y, por serlo, caro a los objetivos del gobierno. Es verdad, como señaló el presidente de la Unión Industrial Argentina, que el punto de partida de la actual gestión no fue el de tirar manteca contra los techos de los establecimientos fabriles y que la acumulación de errores y omisiones del gobierno anterior crecía en forma aturdida, pero la tendencia ¿es a la mejora o no? Desplegado como telón de fondo el aquelarre de las tarifas de gas, electricidad, agua, combustible y transporte público, el signo negativo antecedió a una parte extendida de las mediciones sectoriales, nacionales y provinciales. Y si bien es cierto que hay funcionarios que escuchan, comprenden, corrigen y morigeran acciones propulsadas por otras áreas de gobierno, el tema cardinal es ¿desde Cambiemos se admite el rol de la industria en la sociedad moderna? Los organismos internacionales, a medida que avanza el año, son cada vez más restrictivos en sus pronósticos. El Fondo Monetario Internacional (FMI) si bien especifica que “el nuevo gobierno comenzó una importante transición para corregir desequilibrios macroeconómicos” pronostica una caída del PBI del 1%, la Comisión Económica de América Latina y el Caribe (CEPAL) del 1,5% y el Banco Mundial (BM) apunta a una región que resbalará un 2,5% (cifra en la que hace punta Brasil seguida de la Argentina).

Según el indudable INDEC de Jorge Todesca, la industria de la construcción sufrió en el mes de junio una baja que rozó el 20% (19,6%), mientras que el indicador de la actividad (el ISAC) midió en el primer semestre una caída del 12,4%. Como es obvio, también disminuyó la producción de cemento que se derrumbó en los seis primeros meses un 14,2%.

Por su parte la producción de acero crudo - que libra sus batallas contra el dumping chino- registró en el acumulado enero-junio una caída del 15,1% cotejada con los mismos tiempos del año anterior.

De acuerdo a relevamientos efectuados por la Asociación de Industriales Metalúrgicos de la República Argentina -ADIMRA- en el primer semestre de 2016 la producción del sector se retrajo un 9,7% interanual mientras el nivel de utilización de la capacidad instalada orilló el 56% y se constituyó en uno de los más bajos de los últimos 10 años.

Podríamos seguir desmenuzando sectores con sus tropiezos y toboganes (textil, juguetes, electrónica, también agroindustriales...) La meta inflacionaria -que, en un principio, supusieron del 25%- es reconocida como momentáneamente inalcanzable aunque las esperanzas, una vez más, se trasladen a marzo del 2017. Mientras el Banco Central se ilusiona con una inflación del 32%, el ministro Prat Gay reconoce que hoy supera el 40% y deja pocas dudas que 2016 será el año con mayor aumento de precios desde 1991, El eje de la política anti-inflacionaria pivotea en una disminución del consumo a través de la caída del poder de compra de los ciudadanos que supera, aunque en forma desprolija, una baja del 20%. La desprolijidad estriba en que en el modelo en tránsito desde el granero hacia el supermercado del mundo, los alimentos pesan más en las canastas de los más pobres que en la de las clases acomodadas.

La Nación se endeuda y también lo hacen las provincias. En seis meses el endeudamiento aumentó en 32.000 millones de dólares En la actualidad la deuda externa total ronda los 158.000 millones y, aunque la bolsa no es la misma, los organismos internacionales calculan en cerca de 300.000 millones de dólares el capital fugado del país. El “blanqueo” o repatriación de una parte de esa suma le permitiría a la administración actual, como mínimo, cobrar impuestos sobre los retornos. Y es obvio que recapturar una parte del dinero atesorado en el exterior se convertiría en una muestra de confianza en el gobierno de los mismos personajes que fugaron capitales. (3.300 millones de dólares en el primer trimestre de 2016).

En estos meses, el debilitamiento de la demanda laboral es difícil de ser escondida bajo un plato de ñoquis. La contracción del trabajo formal quedó reflejada en un informe del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA), que señala a la construcción y la industria como los sectores más golpeados. Los datos difundidos por la cartera laboral son los primeros datos oficiales del Gobierno y surgen luego de que el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) difundiera que en el sector privado los despidos totalizaban 94.762 personas. En el sector informal, ciertamente el más extendido de nuestra economía, las cifras trepan a los cien mil.

La comprobación que desde diciembre del 2015 hasta junio los nuevos pobres aumentaron en 1,4 millones fue realizada por la Universidad Católica Argentina (UCA) Esta cifra desnuda a la Argentina profunda y subraya nuestra pertenencia a la región más desigual del planeta - América del Sur- donde la CEPAL contabiliza 14.805 multimillonarios cuya riqueza equivale a desterrar la miseria en Brasil, Colombia, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua y Perú.

Las primeras decisiones económicas del gobierno de Mauricio Macri pusieron al descubierto, para quienes tuvieran memoria y/o supieran leerlas, un objetivo con innegables parecidos al que se pretendió alcanzar en la segunda mitad de los setenta o durante el menemato, en la década de los noventa.

Tal como lo había prometido en su campaña electoral, el ingeniero Macri eliminó las retenciones al trigo, al maíz y a la minería y redujo en un 5% a las de la soja. Esta operación implicó una transferencia de ingresos de 9.150 millones de dólares al agro y de 1.059 millones al sector minero, una acción sorprendente frente a los problemas fiscales que, en esos mismos momentos, se denunciaban. La estridente devaluación, la licuación del llamado cepo cambiario y el codicioso arreglo con los holdouts (nunca buitres) también fueron puestos en la carpeta de “urgencias” y ejecutados.

Para una parte de la dividida sociedad argentina (con o sin grieta) este recorrido de casi ocho meses es el pasaje correcto que desembocará en un crecimiento sostenible (que muchos confunden con el desarrollo) en el que poco importa el progreso de la restricción externa porque hondonadas y precipicios pueden cubrirse con endeudamiento externo.

Mientras se da a conocer y se avanza en la implementación del “Plan Productivo Nacional” -que debiera apuntar a un aumento de la competitividad sectorial y alentar, entre otras, una baja de la carga impositiva- escuchemos la voz que desde el Banco Mundial dice: “En un contexto de atonía del crecimiento, la economía mundial enfrenta graves riesgos, entre ellos una desaceleración más profunda en los principales mercados emergentes, cambios pronunciados en la actitud de los mercados financieros, estancamiento en las economías avanzadas, un período de precios bajos de los productos básicos más prolongado que lo previsto, riesgos geopolíticos en diversas partes del planeta, y preocupación respecto de la eficacia de la política monetaria para impulsar un crecimiento más sólido”.

Por todo esto y a pesar de desear un futuro diferente, 2017 no va a apartarse del camino planteado en 2016 porque el 31 de diciembre cambiamos almanaques pero no partimos el tiempo en dos mitades.



Escribe Irene Naselli


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