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Editorial de la edición N° 247

Industria: la malquerida

No estábamos bien, pero estamos peor.

El Instituto Nacional de Estadística y Censos (el INDEC de Jorge Todesca) reportó la pérdida de 4462 empresas de las cuales 2.500 eran PyMES y micro-empresas. Esta contracción del aparato productivo operado durante el primer año de administración de la elite gobernante y sin que se produjera el ajuste que Luis Caputo pronostica para épocas políticas más oportunas, arrojó la pérdida de 68.314 puestos de trabajo. Por su parte el salario promedio de los trabajadores registrados subió un 35,9%, 5 puntos por debajo de la inflación.

Si desagregamos las pérdidas por sectores, la más golpeada por la caída del consumo en el mercado interno, el aumento de las importaciones de bienes, el encarecimiento del crédito, el alza de los insumos importados y, entre otras, el aumento de las tarifas fue la industria manufacturera que inutilizó, como consecuencia de las políticas implementadas, el 3,7 por ciento de sus empleados formales.

En igual período hubo, en especial, tres sectores que se exhibieron como los beneficiarios directos de la devaluación y quita de retenciones, la suba de tarifas y el incremento de la tasa de interés: la agricultura y ganadería (2,2 por ciento), electricidad, gas y agua (1,9) y la intermediación financiera (1,7). Al respecto Martín Schorr, también sobre datos del INDEC, mapea la “reconversión productiva" señalando que la industria redujo en forma manifiesta su participación en el valor agregado bruto del 17,3% al 16,4% y que el agro, como contrapartida, pegó un espectacular salto del 5,7% al 7,2%, mientras que la intermediación financiera subió del 4,1% al 4,6% (cuando en años normales las variaciones apenas oscilan en alguna décima, aclara el analista). Esta es, quizás, una de las facetas de la transferencia de ingresos de la que tanto se habla, aunque no es la única. Alguna otra, medida por el Observatorio de Deuda Social de la UCA, desnuda el aumento en los niveles de pobreza e indigencia que, en paralelo, sufrió la sociedad.

Cierto es que tanto la cabeza del Ejecutivo como los ministros del área productiva han dicho, taxativa o solapadamente, que en el proyecto de país que se impulsa el sector industrial no lidera ni motoriza el crecimiento (algunos hasta se atreven a hablar de desarrollo), pero aunque pocas veces se discutió la intención de volcar el aparato productivo hacia los sectores agro-energo-exportadores, las acciones llevadas adelante desbordan de elocuencia. No obstante lo logrado, habrá que superar las molestas elecciones de medio término para que el contorno del modelo se haga más nítido y las políticas que lo afiancen se desplieguen y profundicen. Cuando algunos entusiasmados con el elogiado cambio aseguran que lo peor ya pasó, es probable que estén cometiendo un error, llamémoslo, de apreciación.

Es cierto también que los varios intentos que se hicieron en el pasado para lograr idéntica finalidad terminaron en retumbantes fracasos por el corcoveo de un país que se empecina en negar el destino que se le impone, pero en la insistencia puede estar la clave del éxito, deben pensar los porfiados.

Mientras la Argentina sigue desgarrada por antinomias que parecen irreconciliables, los reales bordes de esa grieta social, económica y política (de la que habla cualquier analista que se precie) no deben buscarse en masticar o escupir choripanes, sino en la decisión de cómo y con quienes construir el país del futuro cuando la situación política actual es compleja, la económica harto preocupante y la social decididamente dolorosa.

Los múltiples cuadros del desempeño industrial que se ofrecen a nuestros lectores en esta edición hablan por sí mismos y explican el alto porcentaje de capacidad ociosa (en algún sector superior al 40%) que soporta el conjunto del sector manufacturero.

Como lo descubren números impiadosos, el frente interno se muestra preocupantemente deslucido y sacudido, además, por un proceso inflacionario que se empecina en rebotar - éste sí- en mil tonos de verde. ¿En ésta especie de desmantelamiento residirá el atractivo para que se produzca la inminente lluvia de inversiones que se posterga de un día para el siguiente? ¿O estamos frente a un formidable error de diagnóstico?

El doctor Alfredo Calcagno, investigador de la UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo) en Ginebra, advierte sobre algunos planes que siguen un círculo vicioso: "crecer aumentando las exportaciones, para ser más competitivo bajando los salarios y empeorando la demanda interna es un error. A través de un ajuste recesivo - reducción de la participación del salario en el producto- no crece nadie. Mi recomendación para América Latina es generar crecimiento impulsando el mercado interno y los regionales”.

Envuelto en sarcasmos, el padre de la Ciencia Política recientemente fallecido, Giovanni Sartori, deploraba que su “homo videns” se hubiera transformado en un “homo cretinus”. En estas tierras del fin del mundo somos muchos los que deseamos que, cuanto menos aquí, el aciago veredicto no se corporice. Pero hoy por hoy y con la mirada puesta en octubre, no podemos sino reconocer (y lamentar) que nuestra única certeza es la incertidumbre.

Escribe Irene Naselli


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