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Editorial de la edición N° 248

La propuesta fue cambiemos y durante este espinoso período iniciado el 10 de diciembre de 2015 la mudanza se está llevando adelante con políticas que adscriben al método de ensayo-error (nunca fueron equivocaciones) sumadas a una dosis de insensibilidad y arrogancia parecida a la ignorancia, sin serlo.

Aunque durante semestre tras semestre “ la pesada herencia económica” y sus inminentes y exitosas correcciones fueron el centro de la política comunicacional, ese es un tema del que hoy es mejor no hablar, según consejo de los mismos preceptores del gobierno que siempre empujaban hacia un futuro impreciso cualquier dato de progreso que les fuera esquivo. Y aunque seamos mesurados al intentar desentrañar el porqué de aquella decisión, es posible conjeturar que la lluvia de inversiones transformada en tímida garúa, los respingos de una inflación que se resiste a ser dominada, un déficit fiscal engordado y el agravamiento de los problemas del sector externo por la triple vía del mayor déficit comercial, el aumento de los intereses de la deuda y la atroz fuga de capitales pueden responder, en parte, por la disposición tomada sobre “de eso no se habla”. Cabría sumar a la lista de deméritos los índices de desocupación, de pobreza y de indigencia, de morbilidad entre los adultos mayores y de mortalidad infantil, pero es cierto que aquí nos internamos en parajes más sociales, en espacios en los que se arremolinan lo que algunos llaman “efectos no deseados” o “víctimas inevitables” del nuevo modelo de país que propugna “Cambiemos”.

Según parece, porque la certeza sería posterior a octubre, estaríamos frente a un experimento que hace extraños equilibrios entre el retorno a una Argentina que coquetea con la primarización económica, a pesar de las contradicciones sociales que ese propósito implica y ese otro país –aunque sea el mismo- que apuesta al mejoramiento de los grados de industrialización que supimos conseguir.

El objetivo económico de amarrar a la Argentina sobre la cocina del mundo (en un esfuerzo por superar los graneros) es, en realidad, poco novedoso si circulamos por la historia reciente (la segunda mitad de los setenta y/o los largos noventa) aunque insistentemente demandado por una porción más o menos extendida de la elite dominante. Este propósito, el de desplegar un país a contrapelo de lo que ha hecho el mundo altamente desarrollado- que lo es por ser industrializado-, fue abortado aun con costos muy altos, por mayorías sociales que habitan en alguna de las ciudades que eligieron para albergar sus vidas y las de sus familias.

Aunque toda medida económica golpea sobre el entramado social existente y lo modifica, el gobierno de Cambiemos parece no comprender el complejo entretejido de la sociedad contemporánea, los tiempos que conllevan las transformaciones – si se logran los consensos para llevarlas adelante- y los altísimos costos que implican. Quizás sea ésta la razón por la que, en el núcleo duro de los que gobiernan, se siga discutiendo sobre si es mejor el shock o el gradualismo cuando, en realidad, un proceso de cambio como el que apuran es socialmente inviable sin el recorte, en nuestro caso, de unas 10 millones de personas.

Presenciamos el ataque directo o indirecto a la producción y el trabajo nacional con la misma vitalidad con la que se sigue deshilachando el mercado interno y se traslada la cultura del trabajo a la cultura de la timba en un esquema en el que, irónicamente, se reclaman inversiones productivas mientras se alientan las importaciones y las ganancias se empantanan en el sector financiero.

Fieles admiradores del “efecto Mateo” (al que más tiene más se le dará) los señores del cambio sólo han multiplicado el dinero de los que ya tenían dinero y, va de suyo, no han resguardado a economías regionales, ni a dueños de pymes, ni a cuentapropistas, ni a empleados y obreros, ni a maestros y mucho menos a científicos, en especial a quienes se atreven a no tener un plan de negocios para aquello que investigan.

Es probable que el encumbrado grupo de CEOs que integra el gobierno desconozca a la Argentina que debe gobernar y que, entonces y lejos de reducir grietas que no son modernas, ahonden los desequilibrios y desarticulen eslabonamientos productivos.

Sobran los ejemplos de acción- reacción - “des-acción” en algunos sectores económicos sobre los que se actuó como si esas actividades pertenecieran a un país que no les es propio. Gobiernan con poco respeto a los contextos socioeconómicos internos, pero también con inusual desconocimiento sobre lo que está ocurriendo en el mundo. Y suelen hacerlo a cara o ceca, en blanco o negro.

¿Qué es lo que seguirá sobrellevando la sociedad argentina?, no lo sabemos. Sí conocemos que el nuestro no es un país que venga de épocas virtuosas y que hoy sigue lejos- pero muy lejos- de vivir tiempos irreprochables.

También sabemos (o más bien creemos) que el país de todos merece una corrección sustantiva de objetivos y de normas, un cambio de políticas que debieran ser impulsadas por un Estado que se alce como propulsor y como garante tanto del desarrollo económico como del fin de la fractura social.



Escribe Irene Naselli


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