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Sábado 21 de Septiembre, 2019
Economía internacional

¿Jaque a la globalización?

Una reciente publicación de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe sostiene que” una escalada proteccionista entre los Estados Unidos y China traería serios riesgos para la economía mundial, situación a la que la región no podría sustraerse”.En uno de las secciones del primer capítulo del informe anual “Perspectivas del comercio internacional de América Latina y el Caribe:2018”, los técnicos del organismo de las Naciones Unidas plantean el origen de las fuertes críticas que se vienen formulando a la globalización, recurriendo a los ejemplos de los Estados Unidos, la Unión Europea y países centrales, y exploran las razones de los cambios que éstos vienen operando en su posicionamiento sobre el tema. El texto completo del apartado “¿Hacia un quiebre con el consenso proglobalización” se ofrece a continuación.

ImagenEn el nuevo TLC con Canadá y México, los Estados Unidos lograron introducir reglas de origen más estrictas en sectores como el automotriz.
“La débil recuperación de las economías avanzadas tras la crisis financiera, sumada al impacto de las políticas de austeridad, el estancamiento salarial y el aumento de la desigualdad, ha alimentado el surgimiento de fuerzas que cuestionan las políticas económicas aplicadas en esos países desde los años ochenta. En particular, tanto en los Estados Unidos (EU) como en varios países europeos se han fortalecido los partidos y movimientos políticos que se declaran críticos de la globalización en sus distintas vertientes. Las reivindicaciones particulares de estas fuerzas varían según el país, pero en general comparten una visión negativa de la deslocalización de empresas hacia el exterior, la apertura comercial y la inmigración, especialmente cuando dichos fenómenos se producen respecto de países de bajos ingresos. Otro elemento común a las distintas plataformas políticas críticas de la globalización es el rechazo a la sujeción de los Estados nacionales a normas e instituciones supranacionales que limiten su autonomía. La principal reivindicación de los impulsores del brexit, por ejemplo, es la recuperación de la plena soberanía del Reino Unido en materia migratoria. Asimismo, en varios países de Europa continental se observan cada vez más cuestionamientos a las normas de la Unión Europea sobre la libre movilidad de personas o los límites máximos de déficit fiscal y deuda pública que deben respetar los miembros de la zona del euro, entre otras cuestiones. La existencia de esta estructura supranacional de gobernanza, no obstante, ha contribuido a que Europa en general no haya modificado drásticamente sus políticas sobre la globalización y mantenga su compromiso con la apertura y el multilateralismo (una excepción es el tema de la inmigración desde África y Oriente Medio, que genera hondas divisiones entre los países europeos).

Por el contrario, la llegada al poder de una nueva Administración en los EU en 2017 ha traído consigo importantes cambios en sus políticas que reflejan un fuerte cuestionamiento a la globalización y a las reglas e instituciones que la han regido durante la posguerra. Desde los años ochenta, los EU han sido uno de los principales promotores de la globalización económica; gran parte de los flujos mundiales de comercio e inversión extranjera directa (IED) se canalizan a través de cadenas regionales y globales de valor lideradas por empresas multinacionales estadounidenses. Estas captan una parte significativa del valor generado en dichas cadenas, ya que suelen controlar las etapas de mayor valor agregado y contenido de conocimiento (investigación y desarrollo, diseño y comercialización, entre otros). Dichas empresas también deciden en qué países —y en qué condiciones— se localiza cada eslabón de la cadena. Por otra parte, los EU han sido un importante promotor (y beneficiario) de la globalización financiera. Al contar con la principal moneda de reserva del mundo, han podido financiar con ahorro externo a un bajo costo los déficits en cuenta corriente en los que han incurrido de manera casi continua desde 1982.La evolución de su política comercial estadounidense en las últimas tres décadas coincide con una visión generalmente favorable de la globalización, que ha cruzado Administraciones de distinto signo político. De hecho, los 14 tratados de libre comercio en que participan los EU fueron suscritos a partir de 1985 (12 de ellos entre 2000 y 2007).

Sin perjuicio de lo expuesto, la globalización también ha generado tensiones para la economía y los trabajadores estadounidenses, sobre todo en el sector manufacturero. En particular, la participación de este sector en el PBI se ha reducido continuamente durante las últimas décadas y pasó del 21% en 1980 al 12% en 2016. Algo similar ha ocurrido con el peso del empleo manufacturero en el empleo total, que se redujo del 25% en 1973 al 10% en 2016 (Lawrence, 2017).

Se han planteado diversas hipótesis para explicar la pérdida de empleos manufactureros. Algunos autores lo atribuyen principalmente al rápido aumento de la productividad de este sector hasta 2010, vinculado, en parte, a cambios tecnológicos como la automatización y la digitalización .Otros sostienen que la deslocalización de actividades industriales hacia países en desarrollo, la competencia de las manufacturas importadas desde esos países y las “prácticas mercantilistas” de China también han jugado un papel importante y observan que la pérdida de empleo manufacturero en las empresas manufactureras estadounidenses entre 1977 y 2012 fue compensada con creces por la creación de puestos de trabajo no manufactureros en esas mismas empresas. Alrededor de un tercio de estos nuevos empleos corresponden a actividades de servicios intensivas en conocimiento, como diseño e ingeniería.

La llegada al poder en 2017 de la actual Administración trajo consigo un marcado giro al descontento existente en amplios sectores de la población, especialmente tras la crisis de 2008-2009, y se ha mostrado crítica de la competencia extranjera en el comercio internacional, de la deslocalización de empresas estadounidenses (sobre todo manufactureras) al exterior y de la inmigración desde países en desarrollo. Según su visión, los persistentes déficits comerciales con socios como Alemania, China, Japón y México se deben principalmente a prácticas desleales de estos países o a la falta de reciprocidad en las condiciones de acceso a los respectivos mercados. Este juicio es particularmente drástico respecto de China, país con el los EU se encuentran inmersos en una competencia por la supremacía tecnológica .

Para reducir los déficits comerciales y revertir —o al menos atenuar— la relocalización de empresas industriales en el extranjero, la actual Administración está implementando un conjunto de políticas que se enmarcan en el concepto “los Estados Unidos ante todo” (America First). La política comercial ha asumido un papel clave en ese esfuerzo. Varios hitos así lo evidencian: el retiro del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) (surgido en la presidencia de Obama y a la que esta atribuía un carácter estratégico), la suspensión indefinida de las negociaciones de la Asociación Transatlántica sobre Comercio e Inversión (TTIP) entre los EU y la Unión Europea y del Acuerdo sobre el Comercio de Servicios (TISA), la renegociación —en términos más favorables para los EU — del tratado de libre comercio con la República de Corea y la sustitución del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) por un nuevo acuerdo con el Canadá y México . Asimismo, durante 2018 han implementado varias alzas arancelarias, dirigidas principalmente a los productos importados desde China .

Pese a su discurso crítico sobre los acuerdos comerciales negociados antes de su llegada al poder, la actual Administración aprovechó la reciente negociación con Canadá y México para profundizar los compromisos que figuran en dichos acuerdos en áreas que son cruciales para preservar el predominio económico y tecnológico estadounidense. Este es el caso, en particular, de la propiedad intelectual y el comercio digital, dos temas en que los resultados de la negociación muestran una clara continuidad con la posición de las anteriores Administraciones. Junto con los elementos de continuidad ya mencionados, la negociación del Tratado también deja en evidencia los nuevos énfasis de la política comercial de la actual Administración. Por ejemplo, se adoptaron reglas de origen más estrictas que las del acuerdo original en varios sectores (automotor, textil y químico, entre otros). Con ello se busca garantizar una mayor participación de los EU en las cadenas de valor norteamericanas, a expensas de proveedores extra regionales, e incluso potencialmente de México.

Asimismo, una disposición inédita incluida en el nuevo tratado —a instancias de los EU— faculta a cualquiera de sus miembros a dar por terminado el acuerdo si otro miembro suscribe un acuerdo comercial con una economía “no de mercado”. Si bien no se enumeran los países que caerían en esta categoría, el destinatario de esta disposición es claramente China. En definitiva, las políticas comerciales e industriales que se están aplicando en los Estados Unidos responden a un esfuerzo por preservar su liderazgo económico y tecnológico, que China desafía cada vez más”.


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