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Economía internacional

Cadenas Globales de Valor y Desarrollo Económico (I)

Tres prestigiosos intelectuales: Fernando Porta -Profesor Investigador de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) y Director Académico del Centro Interdisciplinario de Estudios en Ciencia, Tecnología e Innovación (CIECTI)-, Juan Santarcángelo -Investigador Adjunto del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)- y Daniel Schteingart -becario doctoral del CONICET con sede de trabajo en el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de General San Martin (IDAES-UNSAM)-, prepararon para Informe Industrial un extracto del trabajo “Cadenas Globales de Valor y Desarrollo: El debate teórico y las evidencias empíricas” de próxima publicación. Con gráficos y cuadros (ver zip adjunto en la segunda parte) ponen de relieve los cambios operados en el comercio mundial y en la especialización productiva de los países con la evolución de las CGV.

ImagenesFernando PortaDaniel SchteingartJuan Santarcangelo
El concepto de CGV y su evolución

La creciente internacionalización de los procesos productivos basada en un desarrollo tecnológico que hizo posible la fragmentación y deslocalización de la producción, ha sido una de las transformaciones más importantes en la economía mundial a partir de comienzo de los años setenta. Progresivamente se modificó la forma de producción de bienes y servicios, cuya organización pasó a articularse en lo que se conoce como las Cadenas Globales de Valor (CGV), las que pueden ser definidas como la secuencia de actividades que las firmas y los trabajadores realizan desde el diseño de un producto hasta su uso final (Gereffi y Fernandez-Stark, 2011). El resultado fue el surgimiento de diferentes patrones de estructuración geográfica y gobernanza(1), que tienen en común que los insumos (partes y piezas) y los servicios se lleven a cabo en donde los recursos y las habilidades están disponibles a precio y calidad competitiva (Carneiro, 2015, 7).

Las actividades que comprenden las CGV abarca no sólo la producción tangible (incluyendo insumos, partes y componentes utilizados), sino también toda la gama de servicios involucrados, desde el diseño hasta la comercialización, distribución y soporte post-venta. Cada etapa de esta secuencia es responsable de adicionar alguna parte del valor total de los bienes y le da su nombre: “cadena de valor” (Sturgeon, 2011; Dalle et al, 2013; Milberg y Winkler, 2013; Mitnik, 2011; Carneiro, 2015). Por su parte, la introducción del término “global” refiere a la tendencia, creciente en las últimas décadas, de dispersión geográfica de las actividades que componen esas cadenas de valor. Por ende, la producción se lleva a cabo de una manera cada vez más fragmentada, en la que redes de subcontratistas, proveedores y clientes distanciados geográficamente entre sí, van ganando protagonismo (Carneiro, 2015). De este modo se da origen a una nueva forma de división internacional del trabajo en la que se comercian cada vez más “tareas” (tasks) o “capacidades” que bienes finales (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos -OCDE-, 2011; Organización Mundial de Comercio -OMC- y IDE-JETRO, 2011). Así, la nacionalidad de las mercancías se vuelve difusa, en la medida en que son varios los países que forman parte del proceso de creación de valor. (Es paradigmático el “designed in California y assembled in China” de los productos de la marca Apple.) Otro de los rasgos centrales de las CGV es la existencia de las llamadas “firmas líderes”, que son las responsables de la fisonomía (en cuántos eslabones se divide y cómo se reparten y coordinan las tareas entre las empresas) que adopta el encadenamiento. (Flôres Júnior, 2010). Si estas compañías pueden liderar (o “gobernar”) la organización de la cadena es porque poseen ciertos “activos específicos” (capacidades tecnológicas, innovadoras, comercializadoras, financieras o de desarrollo de marca) difícilmente replicables por competidores y con consecuencias muy importantes en términos de apropiación de renta y asimetrías de poder de acumulación.

La era de las CGV muestra tanto un creciente offshoring como outsourcing en la economía mundial, a partir de las decisiones de las empresas (y, sobre todo, las líderes) de transferir algunas actividades a otros países (offshoring, o deslocalización) y/o a otras firmas (outsourcing, o externalización). Estos cambios en las estrategias empresariales deben ser entendidos dentro de un contexto más amplio que explica la creación de condiciones para esta nueva configuración productiva mundial.

Por un lado hay factores de orden tecnológico, como la fuerte reducción de los costos de transporte desde mediados del siglo XX -en parte producto del auge de la containerización- y del fenomenal desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación (TICs) desde el último cuarto del siglo XX, que facilitaron la coordinación a distancia de las diferentes etapas de la producción y, por ejemplo, un creciente control sobre la logística, los inventarios, las ventas y la distribución (Dalle et al, 2013; Milberg y Winkler, 2013).

Sin embargo, la tecnología por sí sola no explica el auge de las CGV y un segundo elemento clave tiene que ver con la política. Por un lado, la caída del bloque soviético más el giro de China hacia un capitalismo de Estado y la liberalización de la economía india han tenido enormes impactos en la economía global, entre los que se destacan el aumento de la capacidad productiva del planeta y el incremento del comercio internacional, la inversión extranjera y la subcontratación internacional (Milberg y Winkler, 2013). Estos acontecimientos han derivado en “la gran duplicación” de la fuerza laboral del sistema capitalista mundial porque agregaron al menos 1.300 millones de personas al stock de mano de obra preexistente (en torno a la misma cifra) bajo condiciones de capitalismo internacionalizado. Según Freeman (2007) tal shock expansivo de la oferta laboral transformó radicalmente las relaciones comerciales entre los países y dificultó el crecimiento de los salarios en el resto del mundo, incluso en las economías avanzadas. El hecho de que la economía capitalista mundial haya mermado sus tasas de crecimiento desde la década del ’70 respecto a los Treinta Gloriosos (1945-1973) hizo que el impacto de tamaña incorporación de personas, en los mercados laborales de distintos países, fuera todavía más significativo.

Otro aspecto de estas causas políticas del auge de las CGV tiene que ver con la reorientación, desde los ’80, de las estrategias de desarrollo de la periferia, luego de las crisis de la deuda que afectaron a esa década. Estos replanteos de estrategia supusieron el abandono de los paradigmas de industrialización por sustitución de importaciones (ISI) y un consenso creciente acerca de la exportación como palanca del desarrollo, lo que permite entender las subsecuentes oleadas de acuerdos comerciales (bilaterales y multilaterales), que implicaron intensas reducciones de las barreras arancelarias y para-arancelarias y generaron condiciones para una mayor protección (y exenciones impositivas) a la inversión extranjera (Milberg y Winkler, 2013).

El auge de las CGV ha generado un fuerte aumento del comercio internacional y de las inversiones transfronterizas, sin embargo, como subraya Baldwin (2013), esta dinámica no sólo ha implicado un incremento en el volumen del comercio y de los flujos de IED, sino también profundas transformaciones cualitativas: a) un creciente peso de los insumos intermedios -especialmente partes y componentes- en los intercambios entre países(2); b) un aumento del comercio de servicios (logística, diseño, I+D, marketing, jurídicos, atención al cliente y post-venta, etc.), fundamentales para la coordinación de una producción crecientemente dispersa; c) un mayor interés por parte de las firmas en desarrollar relaciones de largo plazo con sus proveedores, a quienes en muchos casos se los entrena para cumplir con determinadas metas, y d) relacionado con esto último, una mayor relevancia de los flujos de transferencia de conocimiento, incluyendo desde la propiedad intelectual formalizada hasta las formas tácitas de know-how de negocios y producción (Carneiro, 2015, 16).

La difusión de esta dinámica de producción también ha reforzado el papel de las empresas multinacionales (MNEs), las cuales han incrementado su peso en la economía global en los últimos cuarenta años. Y la fuerte concentración y centralización del capital que se operó en este período tampoco es ajena al fenómeno.

El paradigma de CGV articula dos dimensiones centrales. Por un lado, la dimensión geográfica en la que una de las conclusiones más importantes es que la fragmentación internacional de la producción no se distribuye de manera uniforme en todo el mundo sino que exhibe un patrón de concentración regional muy claro en el que las principales redes productivas se encuentran en América del Norte, Europa y Asia oriental y sudoriental (Estevadeordal, Blyde y Suominen, 2013 y Carneiro, 2015). Y también puede rastrearse un claro patrón regional de distribución de las tareas porque las grandes MNEs -cuyas casas matrices están por lo general en los países centrales- retienen para sí las funciones de mayores activos específicos (know-how productivo, diseño, I+D, marketing o comercialización) y, por ende, de mayor capacidad de apropiación de renta y deslocalizan en la periferia aquellas donde éstos son menores (manufactura y ensamble) (Sztulwark y Juncal, 2014).

Por su lado, la dimensión institucional y contextual también tiene un rol muy importante y los estudios efectuados muestran cómo las instituciones - que abarcan a las regulaciones (por ejemplo, el impacto de las políticas y las normativas locales, nacionales e internacionales en la fisonomía de las CGV), la fisonomía de los mercados laborales o las capacidades estatales, entre otras-, interactúan con la estructura organizacional de las CGV y afectan la dinámica del llamado upgrading(2) (escalamiento en la cadena de valor) (Gereffi y Fernández-Stark, 2011).

Nuevos estudios retoman problemáticas “tradicionales” (como la gobernanza y las posibilidades de upgrading en cadenas/regiones hasta el momento poco analizados), pero otras como Gereffi (2014) marcan un punto de inflexión en los estudios sobre CGV con la crisis internacional de 2008/9, la cual habría dado lugar a un mundo con características diferentes al del Consenso de Washington.

En los últimos años, las principales instituciones multilaterales han incorporado el marco teórico de las CGV como una unidad de análisis ineludible de la economía mundial. Así lo hicieron, entre otros, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM), la Organización de las Naciones Unidas (sobre todo por medio de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo, UNCTAD), la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la OCDE, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), y la OMC.

La creciente preocupación de estas organizaciones por las CGV ha tenido dos grandes consecuencias. Por un lado, se lograron importantes avances en la generación de bases de datos que permiten analizar el peso de las CGV en la economía mundial. Algunos ejemplos de ello son la EORA-UNCTAD GVC Database, la TiVa(4)-OCDE Database o la World Input Output Database (WIOD), que intentan medir el valor agregado en las exportaciones de cada país en distintos sectores, por medio de la creación de una gran “macro matriz insumo-producto” mundial, a partir de la combinatoria de diferentes matrices insumo-producto nacionales (Dalle et al, 2013; UNCTAD, 2013). La generación de tamañas bases de datos procura contribuir a la explicación de la organización, la fisonomía y la dinámica de la economía global, así como de diferentes regiones o sectores productivos.

Por otro lado, la apropiación por parte de estos organismos (particularmente, el BM, la OCDE, el FMI, la OMC y la UNCTAD) del herramental teórico de las CGV se ha hecho de un modo particular, ya que se ha centrado en realzar las ventajas de la globalización, la liberalización y la desregulación económica para los países en desarrollo. Esta visión más “liberal” supone que las CGV tendrían un muy elevado potencial para ser un instrumento de desarrollo para los países periféricos. El argumento central es el siguiente: una mayor liberalización comercial permite disminuir el costo de los insumos intermedios, ganando así en competitividad y favoreciendo las exportaciones y, por ende, el crecimiento (Dalle et al, 2013). De este modo, las políticas proteccionistas y tendientes a generar cadenas de valor completas al interior de un territorio son vistas como negativas, ya que generan ineficiencias. Si bien estos análisis reconocen la importancia del upgrading para el desarrollo exitoso de los países atrasados, en rigor terminan cayendo en una tensión irresoluble entre la dinámica subyacente en la esencia de este concepto y la estática prevaleciente en la idea de la liberalización eficientista. En esta visión “liberal”, los Estados debieran atraer inversión extranjera y, en todo caso, ejecutar algunas políticas horizontales como educación, infraestructura y estabilidad macroeconómica(5).

Otro aporte reciente lo realizan Bernhardt y Milberg (2011), quienes crearon una taxonomía complementaria para el upgrading al diferenciar el económico del social. Mientras que el upgrading económico puede ser medible por medio del aumento de la productividad, del valor unitario del producto, el crecimiento de las exportaciones y mayor penetración en los mercados internacionales, el upgrading social supone el mejoramiento de las condiciones de vida de la población (y, en particular, de los trabajadores), a partir de una mejora en la calidad del empleo, mayores salarios reales y derechos laborales más amplios. Pero a partir del análisis del impacto de distintas CGV en más de 30 países en vías de desarrollo para el período 1990-2009, se pone de manifiesto que no existe una relación lineal y automática entre ambos upgradings.

En primer lugar, la decisión de participar en CGV no necesariamente determina upgrading económico, como se deriva del análisis empírico. En buena parte de los casos, el upgrading económico logrado implicó caídas del salario real y hasta expulsión de trabajadores de los sectores analizados. Una de las conclusiones es que la idea neoclásica de que los salarios responden a la productividad marginal del trabajo no tiene por qué cumplirse en la práctica y que, por el contrario, el contexto institucional (poder de negociación de la clase trabajadora, marcos regulatorios, rol del Estado) explica mucho de esta dinámica de economic upgrading y social downgrading (Milberg y Winkler, 2013; Lee y Gereffi, 2015).

Otra de las novedades refiere a un especial énfasis en lo que se conoce como “poderes emergentes” (rising powers) y comprende, en primer lugar, a las grandes economías emergentes asociadas inicialmente con los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) y, en segundo término, a más de una docena de países con características similares, incluyendo México, Indonesia, Nigeria y Turquía (los países “MINT”) o Sudáfrica (Gereffi y Lee, 2015; Sinkovics et al., 2014b). Según Gereffi (2014), la crisis de 2008/9 implicó la consolidación de estos actores emergentes como nuevos centros dinámicos de una economía mundial en la que los países avanzados van perdiendo peso gradualmente.

En este contexto, las estructuras de gobernanza de las CGV están cambiando: las enormes asimetrías existentes en las cadenas buyer-driven y producer-driven parecen ir dando lugar, en forma paulatina, a un creciente poderío de gigantes manufactureros con sedes en países como India, Brasil, Turquía y, fundamentalmente, China. Según Gereffi (2014), en estos países (y, sobre todo, en el gigante del Este asiático) muchas grandes empresas han ido desarrollando una potente base doméstica de proveedores, junto con servicios de diseño, I+D, logística o marketing(6). En paralelo, las grandes y “tradicionales” empresas líderes de los países avanzados procuran mantener sus fortalezas por medio de procesos de fusiones y adquisiciones.

Asimismo, el mayor dinamismo relativo de la periferia también acarrea cambios en las posibilidades de upgrading. Autores como Palpacuer (2005) y Gibbon (2008) han señalado que las oportunidades de upgrading son muy disímiles según el mercado de consumo hacia el cual esté dirigida la cadena. De este modo, el hecho de que la demanda mundial esté cada vez más traccionada por países de menores ingresos relativos -y por ende, hacia mercados menos “sofisticados” y con menores exigencias de calidad y variedad- tiene fuertes implicancias en el upgrading (Kaplinsky et al, 2011). Por un lado, menores barreras de entrada y estándares de proceso y de producto menos rigurosos en estos nuevos mercados pueden facilitar la participación de empresas de países en desarrollo en estos circuitos de comercio en eslabones como diseño y desarrollo de producto, lo cual sería mucho más dificultoso si la demanda final estuviera concentrada en mercados exigentes. Según Gereffi (2014), una ventaja comparativa que tienen las empresas periféricas respecto a las MNEs es su mayor conocimiento de la idiosincrasia local (y, consiguientemente, de los mercados domésticos). Sin embargo, el propio Gereffi reconoce que las MNEs tienen un elevado potencial para hacer catch-up en este punto y desplazar a las firmas de la periferia.

Continúa en la segunda parte

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