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Economía internacional

Cumbre de Copenhague: Sin protocolo

A la cumbre fueron los esperanzados y los realistas. Los que creían que reunidas las cabezas del mundo civilizado podrían lograrse acuerdos sustantivos y los que, descreídos, se apoyaban en los sucesivos fracasos de las reuniones preparatorias. ¿Todo fue en vano? Quizás no, pero quedó gusto a poco.

Hablar del calentamiento global en Copenhague – y se habló y mucho- no hizo subir un solo grado la temperatura bajo cero que castigó a buena parte de Europa durante la realización de la cumbre sobre cambio climático.

Cientos de delegados de cerca de dos centenas de países y un ejército de periodistas que hablaban y/o escribían en las lenguas más diversas se dieron cita entre el 7 y el 18 de diciembre en la bella pero, en estos tiempos, poco acogedora capital de Dinamarca. Hacía mucho frío y las colas para pasar los controles y poder ingresar a las sesiones eran difíciles de sobrellevar con sólo zapateos e improvisados abrigos.

A la cumbre fueron los esperanzados y los realistas. Los que creían que reunidas las cabezas del mundo civilizado podrían lograrse acuerdos sustantivos y los que, descreídos, se apoyaban en los sucesivos fracasos de las reuniones preparatorias. ¿Todo fue en vano? Quizás no, pero quedó gusto a poco.

La Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, cuyas siglas en inglés son UNFCCC, arrancó en la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro en 1992. Sus miembros son 188 países que en 1997 aprobaron en Japón el Protocolo de Kyoto, en el que se comprometieron a estabilizar las emisiones de gases en niveles que eviten el llamado efecto invernadero.

El Protocolo de Kyoto establece que los países desarrollados debían reducir sus emisiones en un 5,2% en el período 2008- 2012 respecto del nivel de 1990.

Los países de la UE se comprometieron a bajarlas un 8% practicando un reparto interno de la carga fija (reducciones más significativas en varios países y aumentos en otros); 6 era el porcentaje que debían disminuir los Estados Unidos y 7 el asignado a Japón.

Pero los Estados Unidos se desmarcaron de Kyoto y prepararon un plan propio cuyo objetivo es reducir la intensidad de sus emisiones (un baremo que relaciona emisiones por unidades de PBI) en un 18% en 2012 respecto a 2000. Ese plan, que se completa con programas de investigación científica y tecnológica, supone que sus emisiones reales habrán aumentado entre un 16% y un 26% respecto a 1990 según cifras oficiales y más de un 30%, según estudios independientes.

El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPPC), un organismo de Naciones Unidas nacido a finales de los ochenta, nuclea en la actualidad a miles de especialistas de todo el mundo que ya han elaborado cuatro informes generales. El primero advirtió del peligro del cambio climático y sus impactos. El segundo, en 1996, concluyó que la incidencia de las actividades humanas en el calentamiento global era comprobable, enunciado que se consolidó en el tercer informe de 2001, en el que se señaló que más de la mitad del cambio climático se debe a la acción humana frente al efecto de la variabilidad natural del clima.

El aumento de la temperatura media de la Tierra entre 1,4 y 5,8 grados centígrados en cien años – hay estudios que acortan los tiempos hasta los 30 años- la subida del nivel del mar, la alteración de patrones meteorológicos y el incremento del número y la intensidad de fenómenos extremos como sequías o inundaciones, serán los rasgos destacados del clima del futuro.

De manera que, si esto es así, el problema no es solo del presidente de Venezuela que deberá bañarse en tres minutos, de países distantes que sufren tsunamis y/ o ciclones, de alguna isla en el medio del Pacífico que tiende a desaparecer con la consiguiente desesperación de su gobierno y de quienes la habitan, el problema es de todos los que no toman conciencia que la humanidad está ante un reto formidable. El más globalizado de los desafíos.

En nuestro país, sequías que dejan sin agua potable a pueblos enteros mientras en otros sus habitantes deben ser evacuados de zonas inundadas, verdor en parajes tradicionalmente desérticos, glaciares en retroceso y, entre otras, una amplitud térmica desconocida en éstas latitudes son la carta de presentación de un alza de la temperatura terrestre que algunos pronostican en 2 grados y otros la empinan.

Pero a pesar del sonido chillón de las alarmas, nada relevante ocurrió en Copenhague, excepto el ruido provocado por los documentos “extraviados” de las computadoras de científicos abocados al estudio del tema; los habituales enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y activistas de organizaciones ecologistas o las manifestaciones de cólera de los países africanos, apoyados por los países en desarrollo del G 77, que se retiraron por horas de algunas comisiones de trabajo.

Si los pronósticos de los científicos que señalan que la humanidad está al borde de una catástrofe son ciertos, entonces cabría pensar que el hombre carece de capacidad anticipatorio y que, ante hechos que cambian el orden imperante, sólo actúan ex post.

Si aquellos pronósticos son exagerados, entonces es comprensible que los Estados Unidos y China – los mayores contaminadores pero también las economías que abierta o en forma encubierta luchan por la supremacía- relativicen la variable climática en la ecuación que optimiza las oportunidades de conservar o ampliar su poder.

En la cumbre, la posición del gobierno argentino – cuyo portavoz fue el Canciller Jorge Taiana- giró alrededor del tema que defendieron los demás países en desarrollo: “El mundo desarrollado quiere erosionar las bases legales de los tratados existentes, como el Protocolo de Kyoto y la Convención Marco, mientras que los países en desarrollo queremos que se ratifiquen responsabilidades que entendemos comunes pero diferenciadas. Los países desarrollados son responsables del 75% de las emisiones de gases de efecto invernadero desde la Revolución Industrial y, en consecuencia, son ellos los que tienen que aportar fondos para mitigar ese efecto y para cambiar de tecnología”, dijo Taiana.

Los “cuadernos” de Kyoto son, hasta ahora, el único instrumento legal sobre el muy sensible tema del cambio de clima. Ahora bien, todas las dirigencias de los países, desarrollados o no, saben que esta matriz productiva no es sostenible en el tiempo y que su mudanza implica inversiones monumentales que pocos están considerando enfrentar. “Ustedes contaminaron, ustedes descontaminen”, dice el sur. “Pero, en la actualidad, China, India, Brasil o Rusia no pueden distraerse de las actividades altamente nocivas que se llevan adelante en sus territorios y del seguro aumento de sus emisiones, aceptados los pronósticos de crecimiento de los hasta ahora en vías de desarrollo”, replica el norte.

¿De cuanto dinero se habla?, ¿Qué tipo de inversiones se requieren?. La Comisión Europea, por ejemplo, hace danzar la cifra alrededor de los 100.000 millones de euros al año. Y siendo así, éste es, sin dudas, el núcleo duro de la discusión que se esquivó en Copenhague, una cumbre multitudinaria que terminó dividida entre negadores y alarmistas, entre los que creen en el Apocalipsis (del griego apokalupsis, que quiere decir “revelación”) y los que apuestan a darle tiempo al tiempo.

El día en que se inició la Cumbre, 56 periódicos de 45 países – entre los que estaban desde Dubai y Quatar hasta Turquía, Portugal, Francia o Bangladesh- firmaron un editorial conjunto en el que afirmaban que la verdadera discusión está en saber cuánto tiempo nos queda para limitar los daños.

En esa nota que compartieron, entre otros, Business Day de Sudáfrica, Clarín de la Argentina, Novaya Gazeta de Rusia y el Economic Observer de China, se abogaba por el uso extendido de energías limpias que permitan un crecimiento económico sustentable sin el acompañamiento de mayores emisiones.

Pero de ese editorial rescatamos, en especial, el cierre. “Los políticos presentes en Copenhague tienen el poder de determinar cómo nos juzgará la historia: una generación que vio un reto y le hizo frente o una tan estúpida que vio el desastre pero no hizo nada para detenerlo”.

Si no queremos que la decepción gane la batalla, la que ganó en Copenhague, esperemos a México (la próxima reunión de alto vuelo que se realizará en 2010) y consideremos la solvencia de la posición de Ban Ki-Moon, el Secretario General de la ONU que piensa que, de aquí en mas, habrá que “negociar, negociar y negociar”.

Irene Naselli


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