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Ciencia & tecnología

Desarrollo, inversión y empleo

Doctor en Física, y próximo a celebrar 50 años de su graduación en el Instituto Balseiro, el autor de esta nota analiza la evolución del concepto de productor y producto a lo largo de más de un siglo, el surgimiento de grandes y pequeñas y medianas empresas, la etapa del desarrollo tecnológico, con los consiguientes cambios en las estructuras del sector productivo y la aparición de nuevas ramas industriales. Después de reseñar las dificultades que enfrentan las PyMES industriales, en particular las de base tecnológica como la que él fundara en 1990 (IONAR S.A.), convoca a debatir la contribución de la ciencia y la tecnología en la generación de riqueza y creación del empleo genuino mediante la incorporación de innovaciones apropiadas en la estructura productiva.

ImagenEl doctor Amado Cabo

Escribe el doctor Amado Cabo



El desarrollo, la inversión y la generación de empleo genuino hacen falta imperiosamente y en esto coinciden economistas y políticos de todas las tendencias. Sin embargo, cuando consideramos el tema con algún detalle, surge que esas palabras tienen un significado muy amplio que conviene analizar con seriedad para que las decisiones que se promuevan lleven a una generación de riqueza eficiente y sustentable en el tiempo y en todo el país.

Al mencionar desarrollo, inversión y empleo, automáticamente suponemos la existencia de empresas. Estas son las entidades que pueden variar en tamaño, desde unipersonales a macro empresas y que tienen como obligación y fin legítimo generar riqueza, reinvertir y luego repartirla a través de sueldos e impuesto a las ganancias. Si bien estos conceptos han sido válidos siempre, la estructura de la empresa y su inserción en la sociedad ha variado fuertemente a través del tiempo, como ocurre con cualquier organismo vivo y complejo. Durante el siglo XIX y hasta mediados del XX, en el apogeo de la llamada revolución industrial, el concepto de productor y producto “cuanto más grande mejor” fue asumido como un dogma. La producción masiva y simple (según las normas de la época) fue un objetivo perseguido por el mundo desarrollado. La empresa “manufacturera” viene de esos tiempos donde lo importante eran las manos y la fuerza, más que el cerebro. Miles de operarios con escasa calificación, a veces bajo un mismo techo, trabajaban de manera repetitiva y eso era un símbolo de progreso. La integración de la empresa era en buena medida vertical, es decir que la mayoría de los elementos formadores del producto eran producidos por la misma empresa. El emblema de la época lo constituyeron el número y altura de las chimeneas. Esto fue propio de sectores básicos de la economía, como: metalúrgico, naval, ferroviario, automotriz, químico, papel, cemento, textil y alimentaria. Las normas técnicas y los sindicatos de trabajadores tal como los conocemos hoy también nacieron en esa época. También debemos tener en cuenta que varias instituciones de la sociedad se ordenaron según esas pautas del mundo industrial. Basta mencionar a: Bancos, aduana, seguros, infraestructura y hasta la universidad que se ocupó de preparar profesionales que trabajarían como empleados de grandes organizaciones, jamás se supuso que podrían ser creadores de empresas industriales. La división de roles entre proveedores de productos industriales y productores de mercancías con poco o nulo valor agregado (ahora comodities) nace también en esa época.

En paralelo con las grandes empresas surgieron las pequeñas y medianas empresas (PYME), a veces como proveedoras de las grandes pero en la mayoría de los casos como productores finales. Una característica saliente de esas PYME fue que trataron de imitar a las grandes en su organización vertical y en su escasa “movilidad” tecnológica. Siempre imperó la tendencia a hacer más de lo mismo y cuando se agruparon en cámaras u otros organismos fue para participar en la negociación de convenios colectivos de trabajo o buscar protección de competidores, desleales o leales, más que para crecer cualitativamente. La cooperación entre PYMES industriales siempre tendió a cero. A partir de mediados del siglo XX, particularmente después de la segunda guerra mundial y especialmente en los países que se involucraron en ella, comenzó un desarrollo tecnológico con base científica. Cada vez más, el uso de la ciencia se hizo presente en la modernización de los procesos “clásicos” e hizo posible la aparición de otros nuevos. De manera esquemática podemos mencionar como nuevos sectores, a: Electrónica, medicamentos (antibióticos), plásticos, materiales clásicos con mejoras cualitativas en la calidad, las “cadenas de frío” de alcance internacional, aplicación pacifica de la energía nuclear, desarrollo aeronáutico y espacial, etcétera. El mundo de las comunicaciones dio su primer gran salto con el telégrafo al que siguieron el telex, la radio, el fax, la televisión y ahora Internet.

Los efectos y consecuencias de ese cambio cualitativo y cuantitativo son obvios y nos acompañan todos los días en la vida diaria.

Lo mencionado anteriormente, implicó también cambios sustanciales en la estructura de las empresas productivas de bienes y servicios. Ahora la tecnología permite reemplazar con ventajas obvias, la fuerza de las manos. Todo aquello que pueda hacer una máquina, será hecho mejor y a menor costo con esa máquina. Imposible competir pensando solo en capital, tierra y trabajo como en los tiempos de Adam Smith. Si hoy comparamos los años que se tardaron en construir la Línea A del subterráneo de Buenos Aires (1911 a 1913); obra en que trabajaron miles de obreros y se dispuso de todos los recursos técnicos y económicos de la época, con lo que se puede tardar en la actualidad para hacer una obra equivalente, resulta evidente el impacto de la tecnología. Mejores resultados pero con mínima cantidad de gente. Esto es aplicable a todas las ramas industriales mencionadas. Las grandes empresas requieren en forma directa menos gente con más capacitación por unidad de riqueza generada. Un ejemplo visible que a veces pasa desapercibido, es la industria automotriz y la gran obra civil (puentes, caminos, grandes edificios, etcétera) si se usasen los métodos y máquinas de hace varias décadas (que en muchos casos todavía pueden funcionar perfectamente) con mucha mano de obra, los resultados en tiempo y forma serían inaceptables a no ser que aceptemos vivir como en aquella época.

Otra tendencia que a veces por ser evidente pasa desapercibida es que los productos son cada vez más livianos y fabricados con materiales más funcionales, esto es posible porque tienen incorporado más conocimiento e inteligencia. Ese conocimiento e inteligencia es el resultado de la evolución continua del mundo industrial (y no industrial). Mundo en el que, cuando una etapa o empresa termina su ciclo otras toman la posta, porque las culturas del trabajo y del orden permanecen. Los que solo ven la superficie de la realidad o son simplemente consumidores están proclives a creer en milagros y prodigios de diferente especie. Así hablábamos, hace años, del milagro alemán o del japonés, porque considerábamos que después de una destrucción total solo un milagro podía explicar su extraordinario resurgimiento. Hoy, la moderna gran empresa de producción requiere bienes y servicios que solamente pueden proveer pequeñas empresas “cerebro intensivas” más que de capital intensivo. Son las llamadas Empresas de Base Tecnológica (EBT). Las EBT son PYME y a veces aun menores, según la definición actual del Ministerio de Industria, pero cualitativamente distintas y podrían enfrentar con mayor posibilidad de éxito varios desafíos actuales.

Desarrollo, Innovación y Tecnología

Conforme a lo mencionado, no aparece obvio que los problemas del desarrollo e innovación industrial sean exclusiva y principalmente de origen económico y / o financiero. La raíz de esos problemas es cultural y deben hacerse esfuerzos para clarificarlos y posteriormente hacer la inversión donde corresponda. Se ha instalado en la sociedad la creencia que la tecnología se puede transferir alegremente y que el desarrollo se puede instalar solo con voluntad política e inversión. Cuando se menciona innovación se tiende a creer que todo es cosa de ocurrencias geniales que aparecen a la vuelta de la esquina. Si así fuera, nuestro escenario y el de otros países también con inmensos recursos materiales, sería muy distinto. La realidad es menos brillante, más prosaica y requiere insumos tales como: incorporación de la cultura del mundo industrial clásico que implica apego a las normas técnicas y mucho trabajo silencioso y serio. Pretender partir de cero, como tantas veces se ha querido hacer, y querer quemar etapas, es cosa de inmaduros y voluntaristas que siempre conducen a la frustración. Se debe avanzar lo más rápido posible pero las etapas intermedias hay que recorrerlas, esto no es algo nuevo, lo sostienen filosofías milenarias. En la vorágine actual la palabra tecnología parece vinculada estrictamente a lo digital y nos olvidamos que la mayor parte de la infraestructura que soporta a la sociedad, fue gestada y hecha en la era de la tecnología analógica; en esos tiempos se formaban criterios y se aprendía a manejar intelectualmente los órdenes de magnitud. Esto que es fundamental, no puede salir de la computadora más sofisticada, simplemente porque quien programa, tiene que establecer sus límites a priori, felizmente no existe ni existirá, el programa que pueda intuir y tomar decisiones ante los infinitos vericuetos de la realidad. Está bien hablar de inteligencia artificial pero no podemos darnos el lujo de olvidar el uso de la natural. Hace falta una educación con fuerte énfasis en lo experimental, que le permita al educando esa formación previa necesaria para generar experiencia válida. Así sabrá obtener el formidable rédito que le puede aportar la era digital, de lo contrario será un ignorante digital de esos que abundan en todo el mundo. Hay que liberar la mente pero también las manos para innovar dentro de las empresas, el lugar donde naturalmente debe producirse la innovación.

En países como el nuestro, donde por varias razones que es imposible desarrollar en esta nota, será difícil competir en la producción en gran escala con mano de obra barata, deberá incentivarse la innovación sistemática y sistémica. Esto implica poner en marcha de una vez por todas, un sistema de educación pública, gratuito pero de excelencia en todos sus niveles, orientado directamente a desarrollar el capital humano que el país necesita. El proceso llevará, como mínimo varios años y no será fácil de conseguir un buen resultado pero su puesta en marcha no puede dilatarse más. Escenario político actual

Hoy es muy difícil para una PYME industrial competir en el mercado interno y ni que hablar en el externo, si cumple como debe ser con la legislación vigente. Esto es aún más grave en una empresa EBT porque en general son emprendimientos liderados por gente con poca o ninguna tradición empresaria que normalmente no conoce “la calle” y cree que solo con su capacidad técnico científica saldrá adelante.

Las instituciones públicas mencionadas al comienzo de esta nota (la Administración Federal de Ingresos Públicos, la Inspección General de Justicia, la Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado, el Instituto Nacional del Agua, la Administración Nacional de Aduanas, bancos, organismos provinciales y municipales, organizaciones sindicales, etcétera) no reconocen diferencia alguna entre una PYME y la mayor de las corporaciones. Esto ha hecho que las obligaciones de la empresa PYME, se hayan multiplicado y alcanzado un nivel de complejidad tal que debe contratar especialistas matriculados en áreas como: Contable e impositiva, legal, notarial, gremial, informática, ambiental, seguridad laboral, medicina laboral etcétera lo que eleva los costos a nivel intolerable. Por otro lado la velocidad de modificación de normas y regulaciones hace casi imposible estar al día con lo vigente, valga como ejemplo el área contable e impositiva; el profesional que la atienda rara vez puede estar al día con las regulaciones de AFIP. Más aun, no existe un sistema impositivo sino un cúmulo de impuestos que en algunos casos se superponen generando aberraciones como doble imposición. Cada jurisdicción crea sus impuestos o tasas alegremente en función de sus necesidades de recaudación. En cuanto a la responsabilidad social de la empresa, entendemos que debe ser máxima, pero esto debe exigírsele con conocimiento de causa y de manera armónica entre lo privado y lo público. No es posible imponer, por ejemplo, restricciones ambientales de posible aplicación en países nórdicos, en lugares donde no hay cloacas, la energía eléctrica se corta sin previo aviso o internet es un lujo.

Toda la promoción actual (o casi toda) para las PYME pasa por tomar en cuenta lo financiero y el marketing. Cuando se analizan en algún detalle tales promociones resulta evidente que no se tienen en cuenta los aspectos relacionados con la capacidad de la empresa para cumplir con sus obligaciones; es natural que así sea porque los promotores tratan de ayudar con lo que conocen.

El movimiento obrero que tiene que ver con la generación de riqueza, también tendría mucho que decir pero, como se dijo al principio de este escrito, tiene su base filosófica asociada a la gran empresa con quien puede discutir convenciones colectivas de trabajo y cosas por el estilo. Apoyar a las PYME no está en su cultura y como mínimo, le resultaría una pérdida de tiempo.

Reflexión final

En base a lo comentado resulta imprescindible hacer un análisis profundo de la probable y posible evolución de los sectores clásicos de la producción industrial para ver como la ciencia y la técnica pueden contribuir eficientemente a impulsar la generación de riqueza y creación de empleo genuino mediante la incorporación de innovaciones apropiadas.

Es importante atender a los sectores de “punta”, pero es fundamental darle adecuado soporte a sectores maduros como: energía, transporte ferroviario, agro industria y comunicaciones en general. Siempre se piensa en la industria de la construcción, como generadora de empleo en el corto y mediano plazo y eso está bien pero, ese sector, aunque falta mucho por hacer, es transitorio e inmoviliza riqueza. Una economía moderna debe generar riqueza y no inmovilizarla como ocurre cuando se hacen obras de calidad y beneficio a veces discutible o cuando no se hacen las fundamentales en tiempo y forma. Tender a una economía competitiva que consuma más cultura y menos energía es el futuro que más conviene. En una economía moderna y estable no es viable una industria basada en un “dólar competitivo” si queremos insertarnos en el mundo de manera adulta. Solo se podrá exportar lo que la productividad permite y aquí es donde debe discutirse a fondo cómo entiende el sector público y el privado, el concepto de productividad. Es obvio que la empresa tiene mucho que decir en el terreno de la productividad pero su contribución aunque sea máxima no alcanza. Es imposible para cualquier empresa avanzar en un pantano o sobre el hielo; toda la sociedad que la rodea y de la que se nutre, necesita proveer el nivel de rozamiento justo. Esta metáfora sale de la realidad física que presenta pocas leyes pero que son inviolables.

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