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Temas en debate

Hablando de ciencia

Una de las primeras definiciones importantes tomadas entre quienes participaron en los momentos iniciales de la “era moderna de las políticas para el sector informático” fue que no se buscaría tener una factoría sub-asiática basada en productividad baja pero muy barata, sino que se debía apuntar a una industria con alto valor agregado y, en consecuencia, con la incorporación de ciencia y tecnología a la producción nacional.

ImagenHugo Scolnik
En función de esa decisión, el Estado creó distintos instrumentos como la Ley de Promoción del Software y, entre otros, el FonSoft y se encaminaron las acciones en forma muy razonable. Aunque entre los logros puede también ser subrayado un aumento sensible del presupuesto de ciencia, tecnología y educación que trajo evidentes beneficios, en esta oportunidad quiero referirme más bien a lo que llamamos las asignaturas pendientes.

En este momento, y en medio de una crisis internacional que se refleja también en nuestro país, creo que hay que repensar muchas cosas para poder concentrarnos en algunas estrategias que, según mi parecer, el país necesita.

El escenario educativo atraviesa dificultades profundas que todo el mundo conoce. Coincido con el ex ministro Daniel Filmus cuando dice que están bien las puntas del sistema, o sea el jardín de infantes y la universidad, pero que en el medio está instalado el gran drama nacional del colegio secundario. El tema es de muy alta complejidad e influye en el escaso reclutamiento que aún tenemos de jóvenes que se proponen ingresar a carreras de mayor contenido científico tecnológico. Aunque existen ideas de cómo innovar en este orden y acelerar el proceso de cambio, son los organismos del Estado los que deben instrumentar las formas.

Lo que sí creo y eso lo hemos vivido en todo el mundo y en distintas épocas, es que tenemos que transformar radicalmente muchos de los enfoques actuales del sistema científico.

En la Argentina, tradicionalmente, la ciencia fue un valor cultural y no un valor económico. Y este origen bastante elitista de la ciencia autóctona provocó que lo deseable era que fuera un país lo más europeo posible: en el que un científico sea considerado como un solista internacional desplegando su arte en el Teatro Colón...

Por distintas circunstancias interactué bastante con el doctor Luis Federico Leloir en la Fundación Bariloche. El Premio Nobel, aparte de sus indudables valores intelectuales, mostraba con claridad su pertenencia a círculos socioeconómicos empinados y muy influenciados por una filosofía europeizante con escaso interés por los problemas concretos que podía tener la Argentina. Y apunto esto sin ánimo de ofensa, como simple muestra que durante décadas la ciencia y el país real pertenecieron a “espacios distintos”.

Ciencia para los científicos o para el país

Creo que, en estos momentos, el debate abierto podría sintetizarse utilizando una forma un poco brusca, lo reconozco, en ciencia para los científicos o ciencia para el país. Y creo que entre ambas opciones hay una división bastante clara.

Durante muchos años hemos visto a un científico como aquel profesional que buscaba recursos en el sistema estatal para financiar sus investigaciones y que, cuando conseguía armar un buen y abultado curriculum, normalmente emigraba. Nuestro braindrain, como es sabido, ha sido un récord mundial.

Para que este hecho ocurriera hubo muchas motivaciones entre las que perseguir, torturar, encarcelar y asesinar a científicos- y a muchísima gente -no es la menor y, sin dudas, una perfecta justificación para desear irse del país. Empezamos con “la Noche de los Bastones Largos”, o quizás antes, y lo sufrimos durante muchos años.

De todas maneras y reconociendo que ésta es una época muy diferente en la que se han hecho grandes cambios, creo que persisten en el sistema muchos mitos que es necesario discutir. Uno es aspirar a que el 1% del Producto Bruto se dedique a investigación científica. Porque creo que si no cambiamos radicalmente los mecanismos burocráticos que gobiernan al sistema científico, podemos invertir el 1% o el 2% pero obtendremos resultados igualmente poco eficientes. El hecho medular es que hay otras cosas que hay que cambiar radicalmente (además, cuando hablamos del 1% ¿qué es ésta cifra comparada con los presupuestos de investigación y desarrollo de los Estados Unidos, Francia o Alemania?, evidentemente es muy poco). Uno de los tantos temas que tenemos que promocionar es el de la investigación interdisciplinaria. Como matemático hay cosas que a veces me resultan graciosas como por ejemplo observar técnicas que usan los economistas para diseñar un modelo económico que son similares a las que usan los ingenieros para diseñar antenas, pero sucede que entre ellos ni siquiera se comunican, nadie sabe qué es lo que hace el otro, qué experiencias tiene, de qué software se dispone… La ignorancia entre disciplinas es, en general, bastante llamativa.

En distintas ocasiones he charlado con gente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), un organismo que tradicionalmente y desde que se creó trabaja sobre la demanda y no sobre la oferta. ¿Qué quiero decir? Que va un científico, presenta un proyecto ya veces consigue que se lo aprueben pero, a partir de allí, no se hace otra cosa. No surge de los organismos competentes del Estado ofertar que los investigadores más destacados en un tema puedan reunirse con los científicos más relevantes en otros temas, para explicar qué están haciendo, para qué lo hacen y cuáles son los objetivos. Esta es una operatoria poco perspicaz ya que de la interacción multidisciplinaria a menudo resultan ideas brillantes y revolucionarias.

Estas preocupaciones que explicito se unen a otro tema que me parece crucial. Hace un par de años, estando a cargo del Departamento de Computación de la Facultad de Exactas y Naturales de la UBA, llegué a cansarme llevando proyectos aplicados a la facultad porque ningún científico joven estaba interesado en hacerlos. ¿Por qué? Porque a los científicos se los mide a través de los “papers” publicados en revistas internacionales. Recuerdo que una vez llevé una idea para el PAMI y, a pesar de sus bondades, a nadie le interesó desarrollarla porque el sistema propuesto no terminaba en ningún “paper” escrito en inglés para ninguna revista norteamericana y con referatos internacionales. Por lo tanto, a nadie le iba a servir en ningún concurso. Así que, según creo, si no cambiamos de paradigma, es decir si no cambiamos la manera de evaluar a nuestros jóvenes científicos, seguiremos en dificultades.

Un aspecto que, a veces, cuesta entender es que el científico es un trabajador como cualquier otro. Una persona a la que le interesa su salario de bolsillo, que tiene familia, tiene hijos, va al supermercado y tiene que pagar impuestos Y ¿qué le dice el sistema?, que la manera de subir en la escala es que si hoy es ayudante de primera, mañana será jefe de trabajos prácticos, luego profesor adjunto, asociado y después titular. Y ante la pregunta ¿cómo se sube esa escalera?, la respuesta es: “Se sube publicando papers”. ¿Y quién evalúa esos papers?, revistas del exterior. ¿Y qué temas les interesan a esas revistas? Los temas que les interesan a ellos que a veces pueden ser de interés común y a veces no, dependiendo de la disciplina.

Aquí habría que agregar el tema de los incentivos, mecanismo perverso de “premiar” con salarios extra en negro la “productividad” medida por la cantidad de papers generados por unidad de tiempo, algo así como “Tiempos Modernos” de Chaplin pero con jóvenes tipeando velozmente en sus computadoras para aumentar sus ingresos.

Luego viene el tema de los doctorados. Creo que desde que comenzó esa movida internacional, que estaba muy bien definida en las políticas del Banco Mundial que han afectado a todos nuestros países y que tiene que ver con la evaluación universitaria. Y aunque estoy de acuerdo en que debe haber una evaluación externa, se han generado lo que llamo, con perdón del término, “asociaciones ilícitas”. Viene un joven que se quiere doctorar porque le conviene a su curriculum, su profesor también quiere que se doctore porque es bueno para la institución a la que pertenece y después está la CONEAU que dice: queremos muchos doctores para demostrar la efectividad de nuestras políticas. En definitiva, cuantos más doctores se generen mayor será la felicidad de los participantes. Pero resulta que si bien hay tesis buenas y hay algunas pocas excepcionales, hay muchas de bajísimo nivel. Otra experiencia que tuve cuando estaba a cargo del Departamento de Computación de la UBA es que cada vez que veía una tesis interesante en computación, con alguna implicancia para la vida real, lo difundía entre una cantidad de empresarios para que vinieran, para que enviaran gente, para que lo evaluaran. Nunca vino nadie.

Recuerdo un episodio con un empresario amigo que me contestó diciendo:” Mirá, esas cosas son muy difíciles”. Mi respuesta fue: “Si creés que eso es muy difícil, podés considerar cerrar en muy corto plazo, porque lo que se viene es justamente eso. Y, si no entendés lo que se viene, no podrás seguir sobreviviendo en un circuito muy cerrado”.

Lo que quiero transmitir es que, en definitiva, el sistema académico y el sistema empresario tienen escasos puntos de contacto y que una asignatura pendiente de indudable valor es tender puentes entre ambas realidades, dado que es fácil imaginar escenarios mutuamente beneficiosos.

Llegados a éste punto caben las preguntas: ¿La industria los quiere?, ¿los necesita?, los científicos que formamos ¿tienen un perfil realmente productivo?. A veces ocurre que las exigencias de nuestros científicos son desmedidas para el sistema productivo.

El último tema que quiero abordar es el de la financiación de la ciencia y la tecnología. Hay una presión política obvia, al punto que si hay una pequeña torta a repartir, mucha gente necesita que la ayuden, que financien sus proyectos y eso es razonable. Pero, raramente logramos tener masa crítica. Y hay algunos proyectos que, necesariamente, requieren fondos bastante cuantiosos. Pensemos que para cobrar incentivos los investigadores tienen que formar parte de un “proyecto acreditado”. Eso genera una enorme presión para financiar muchísimos proyectos, aunque sea con migajas inútiles, lo que está en abierta contradicción con la idea de proveer fondos apreciables para proyectos estratégicos.

Los mecanismos burocráticos de evaluación, consisten en que, si yo publiqué diez papers en un tema determinado, en buenas revistas, y presento un proyecto que es una ligera modificación de lo que hice antes, el burócrata de turno va a decir: tiene una buena probabilidad de éxito, se lo vamos a aprobar pues no corro riesgos. Ahora, si aparece una idea arriesgada que es buena pero que no tiene demasiados antecedentes, normalmente es rechazada. (de esto puedo dar fe y tengo documentos que lo prueban).

Pero resulta que pocas veces el avance por los caminos trillados nos permite obtener logros destacados. Y la Argentina, además de hacer frente a cambios sobre muchas de las cosas que hizo siempre, también tiene que apostar a algunas ideas y a tecnologías nuevas. Sobre todo si aspiramos a tener una industria realmente desarrollada, capaz de aportar ideas creativas a un mundo al que podríamos exportar bienes que realmente valgan el esfuerzo y hasta la pena. Creo que Argentina debe apostar a la inversión en tecnologías innovadoras que generen conocimientos de un valor diferenciado, aporten al crecimiento económico sostenido y nos permitan pensar en el largo plazo.

Hugo Scolnik



El autor de esta nota es Licenciado en Ciencias Matemáticas de la UBA y doctor en Matemática por la Universidad de Zurich, criptógrafo, fundador del Departamento de Computación de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA y, en la actualidad, Gerente de Tecnología Informática y Centro de Datos de ARSAT (Empresa Argentina de Soluciones Satelitales S.A).


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