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Temas en debate

Jorge Katz en Buenos Aires

La mirada sobre la Argentina del doctor Jorge Katz, que desde varios años atrás reside en Chile, es siempre provocadora. Se trata de uno de los investigadores más lúcidos de América Latina que sostiene un sólido compromiso con el desarrollo de la región. En un encuentro sobre “Innovación y Desarrollo Económico”, realizado en el auditorio del Ministerio de Economía y Producción, Katz avivó escozores cuando señaló que “aunque la Argentina está mejor, le falta un plan de vuelo”.

ImagenJorge Katz
Antes, Katz había señalado que el proceso de apertura de la economía, siguiendo los dictados del Consenso de Washington, se tragó 10.000 empresas en Brasil y 15.000 en nuestro país. “Brasil sostuvo a su industria metalmecánica pero la Argentina, al no hacerlo, sufrió un brutal fenómeno de destrucción productiva. Uno de los resultados, ejemplificó después, fue la desaparición de Turri, “la mejor fábrica de máquina-herramienta que tuvo el país”.

”Es claro que la sociedad perdió capacidades que está tratando de recuperar” dijo en otro momento y también es cierto que existen algunos grupos que exploran las fronteras del conocimiento – Invap y Biosidus serían luego los ejemplos- pero también puede comprobarse que, en la mayor parte de las economías latinoamericanas, los empresarios asumen actitudes defensivas porque “la macro” sufrió cambios constantes.

Días después, en una reunión organizada por “Pepe” Nun, Katz insistía en que “la discusión que pretendemos abrir es sobre temas que parecen ausentes: ¿Donde está hoy la Argentina y hacia donde marcha el país?, se preguntaba primero para, enseguida añadir más tranquilizador, “quiero que seamos concientes que aquí intentamos pensar y hablar de una Argentina que no aparece en los diarios”.

Acto seguido se introdujo en un tema sin dudas central para la comprensión de su pensamiento: “el estado de mi disciplina, la ciencia económica” y dijo así: “Esta disciplina ha crecido como un derivado de la física newtoniana, donde la idea que motiva el pensamiento del economista es el equilibrio.

Pensemos en el péndulo de un reloj cu-cú que hacemos oscilar hasta que se detiene en un punto, o en la acción de columpiar a un niño en la hamaca de una plaza que va y viene hasta que queda parada. En ambos ejemplos, el recorrido de ese camino no produce ninguna transformación. Pero si salgo del esquema físico y lo suplanto por uno biológico, en el que salir del punto de equilibrio supone que alguien muere o desaparece, abandono la idea rectora que conduce la reflexión de buena parte de los economistas. ¿Por qué?, porque en éste caso se produce un cambio de naturaleza darwiniana, están los mas adaptados a sobrevivir y los que, al no poder hacerlo, desaparecen.

El experimento que nos tocó vivir, al pasar de la sociedad de comando a la sociedad de mercado por la vía de la apertura de la economía y la desregulación, tiene numerosas similitudes con el ejemplo anterior.

Una parte de la estructura productiva, de los agentes e inclusive de las regiones no pudieron adaptarse al cambio y sobrevivir. Porque el cambio fue abrupto y muy poco coordinado, o porque no tenían los acervos iniciales de capital humano o físico para poder cumplir con la transición hacia un nuevo escenario. Mueren porque no hay mercados perfectos en el sentido de la metáfora neoclásica y porque no es cierto que las condiciones de entorno son indiferentes.

Haciendo comparaciones entre la Argentina, Brasil, Chile, Colombia y México después de la apertura, se ve muy clarito qué sucede con el sector metal- mecánico y en especial el de bienes de capital y qué con el sector automotriz, que no vivió el proceso con las generales de la ley sino con un tratamiento especial.

La Argentina y Chile se desindustrializan, en el sentido que reducen el peso relativo de sus industrias metalmecánicas. Esta aseveración equivale a decir que la apertura provoca que los sectores basados en ingeniería intensiva pierden terreno relativo frente a la competencia con la oferta externa.

Pero en Brasil esto no pasa. El Brasil de los ochenta, que se parece mucho a Corea de los setenta, sostiene su aparato productivo de ingeniería intensiva, y no abre a ultranza la economía. El 16% del aparato industrial brasileño era metalmecánica y hoy ese porcentaje se elevó al 27%. La Argentina, en cambio, pasa del 13% al 8 por ciento actual. Y Chile que tenía el 11% hoy tiene un punto menos.

¿Qué significan estos datos? , que la apertura cambia la estructura y que el nuevo ordenamiento muestra la primarización de la economía argentina, profundizando el compromiso con el procesamiento de los productos naturales.

Hablar de un algoritmo de equilibrio donde la estructura no importa, como hace el modelo neoclásico contemporáneo, no nos lleva a ningún lado. ¿Por qué?, porque la estructura importa.

La apertura de la economía cambió la estructura y al cambiarla cambió las instituciones, cambió el juego de los mercados y, entre otras, la naturaleza de las empresas. O sea que el mundo del péndulo del cu cú, donde vuelvo al punto de equilibrio después de haberlo perdido, es un mundo irreal.

Lo que sobrevivió a la apertura es lo que está más cerca de las ventajas comparativas naturales, el sector de procesamiento de recursos naturales o lo que la política económica protegió en forma particular, como el sector automotriz.

La economía es una ciencia muy particular porque concibe su pensamiento en torno al equilibrio. Pero cuando salgo de esa trampa de concepción y admito que al salir del equilibrio algo se muere y lo que sobrevive es otra cosa, aparecen muchas preguntas nuevas.

De todos modos, estamos hablando de países que no tienen mucho más del 30% de la productividad norteamericana. Según informes del Banco Mundial la Argentina termina con el 32%, y Chile tiene el 27% de aquella productividad.

Los datos de CEPAL dicen más o menos lo mismo, los países arrancan y terminan con mas o menos el 30% de la productividad norteamericana, salvo el período Cavallo-Menem donde divido producto por hombre argentino contra producto por hombre norteamericano y compruebo que no creció el producto sino que bajó el empleo. La Argentina recorre el camino del 8% al 18% de desempleo y muestra – tras la apertura de la economía- el crecimiento del desempleo abierto estructural.

Pero como seguimos hablando de países que tienen el 30-35 % en promedio de la productividad norteamericana, debemos comprender que si el 30 o el 40 por ciento del producto nacional tiene el 100 por ciento de la productividad en la frontera y la media del país tiene el 30, entonces el otro 50% del producto nacional tiene el 10% en la frontera. Lo que me recuerda ese fenómeno de la brecha relativa interna entre los sectores que lograron acercarse a la frontera de productividad internacional y los que están cada vez más lejos.

Este punto se confirma conociendo el ingreso por habitante a precio de poder adquisitivo constante. La Argentina tiene un ingreso promedio de 11.700 dólares, pero el 10 por ciento mas alto tiene 45.000 dólares per cápita. Si yo comparo con la media de los países desarrollados, compruebo que ese porcentaje más alto está muy por arriba de la media de aquellos. La relación asimétrica también se repite con los de más bajos ingresos.

Al respecto, Paul Krugman, en un artículo publicado por “The New York Times”, dice que el problema del ingreso en los Estados Unidos es que el 0,01 de arriba se quedó con el 50 % de la mejora de productividad. Ese es el mundo en el que estamos.

Es claro que en la Argentina hay una parte de las empresas que están en la frontera, es claro que existen las “florcitas de Beni” (en alusión a las empresas que Bernardo Kosacoff señala como invirtiendo en investigación y desarrollo); es claro que tenemos un INVAP. Y estos hechos son posibles porque ésta es una sociedad creativa, que posee recursos humanos calificados capaces de posicionarse cerca de la frontera del conocimiento.

El problema reside en que 2/3 de esta sociedad no tiene ni el recurso humano, ni el capital para hacer la transición. Y entonces y de vuelta, aquí debe aparecer el Estado, de lo contrario no lo va a tener nunca. ¿Por qué?, porque el sistema educativo reproduce menos posibilidades para insertarse creativamente en la sociedad y porque, efectivamente, el modelo es excluyente y no incluyente.

También es claro que hay elementos que permiten acceder a la modernidad digital, hay celulares y hay computadores. Por allí anda la Unión Internacional de Telecomunicaciones diciendo: ’Ah, no hay que preocuparse mucho, fíjense que la brecha se está cerrando porque los pobres tienen teléfonos celulares’. Pero si uno ve cuál es el uso de esos teléfonos celulares en uno y otro lado del mundo, puede comprobarse que la brecha no se está cerrando, la brecha se sigue intensificando Hay una gran disparidad en el gasto en Ciencia y Técnica. Frente a países europeos que gastan más del 2%, frente a Israel que gasta el 4, América Latina gasta en promedio el 0,60 (Chile gasta el 0,60, la Argentina el 0,40).

Nuestros países gastan apenas una fracción de lo que el mundo desarrollado invierte en crear tecnología ¿por qué?, porque compran tecnología metida dentro de las máquinas que importa. Y, en general, no hacen el esfuerzo de adaptar ese equipamiento importado al escenario interno.

No estoy en contra de que nos reestructuremos a favor de los recursos naturales, pero sepamos que si esa es la decisión, hay que concebirla en base a una sólida estructura tecnológica y científica doméstica que posibilite un uso racional y sustentable de esos recursos.

En el mundo de hoy, más allá del modelo productivo que se elija, la demanda de ciencia y tecnología es absolutamente inevitable”.


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