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Temas en debate

La Argentina está en proceso de reinventarse

A principios de los ochenta se perfilan dos modelos diferentes para América Latina: uno en el sur que es el del procesamiento de recursos naturales y otro en México, el Caribe y Centroamérica que es el de la maquila. Esa fue la respuesta a la gran crisis macro que se desata después de la moratoria mexicana del ’82, momento en el que se produce un gran cambio institucional en los países, que conlleva la modificación de los ciclos de creación y destrucción productiva.

ImagenJorge Katz
Escribe Jorge Katz - Profesor de la Universidad de Chile

Mi lectura del proceso es que el ciclo shumpeteriano de creación y destrucción de capacidades arranca de la violenta crisis internacional del petróleo y la crisis mexicana.

En ese período las tasas de inversión se desploman y aunque luego se producen ligeras recuperaciones, las caídas se repiten con las sucesivas crisis que ocurren a continuación, la crisis rusa, la brasileña, la coreana y la argentina.

Hoy esa tasa de formación de capital se encuentra algo recuperada, pero sigue significativamente por debajo de los niveles que había alcanzado hasta el inicio de los ochenta. Ocurre que el ritmo de acumulación se deteriora y junto a este quebranto se produce la reestructuración del aparato productivo tal como fuera señalado.

México y algunos países de Centroamérica viran hacia el ensamblaje que se realiza en establecimiento de última generación pero con salarios de países subdesarrollados de 3 a 3 y medio dólar la hora. En estos países se producen bienes que en los Estados Unidos se consumen y también se fabrican, pero con salarios de 23 a 25 dólares la hora.

Aquí en el sur la soja produce una transformación muy radical en el modelo de organización del sector primario. Estaba el viejo farmer de la historia argentina cuyo papel declina para dejar paso a los pools de siembra y hacia todo este nuevo escenario de organización de la producción en el que juega un papel determinante el núcleo financiero de la sociedad que motoriza el arriendo de campos y, entre otros, la elección del paquete tecnológico.

En el sector manufacturero la Argentina pierde alrededor de 15.000 establecimientos y lo que se perfilaba como un desarrollo muy factible en el ámbito de la metalmecánica retrocede y, en parte, se pierde. Este proceso involutivo arranca a mediados de los setenta y se replica en los noventa con políticas neoliberales caracterizadas por su desconocimiento del proceso madurativo de aprendizaje que venía desarrollándose en nuestro país.

Si ese proceso se hubiera apoyado con políticas industriales apropiadas, nos hubiera permitido sostener y ampliar las capacidades que ya existían. Pero se destruyó mucho de lo ganado, en especial en el ámbito de la metalmecánica y bienes de capital, y el país retrocedió hasta acercarse a la frontera marcada por sus ventajas comparativas estáticas.

Brasil no siguió este camino sino que, esencialmente, sostuvo su metalmecánica y ésta decisión marca la diferencia que nos está haciendo perder la alineación con el modelo brasileño.

De todos modos, no soy de los que creen en el crecimiento espectacular del socio mayor del Mercosur. Una tasa del 3, 4 ó 5%, no alcanza para cubrir el incremento de la población económicamente activa de un país con 150 millones de habitantes.

Pero ¡cuidado! porque Brasil con su apreciación cambiaria y con la tasa de interés que maneja hoy para equilibrar su macroeconomía, no es la potencia que nos está contando el Finantial Times o el New York Times. Puede que lo logre pero, por ahora, Brasil no es la nueva Corea.

El otro extremo es México que crecía al 8% y que ahora lo hace a menos del 1 por ciento, hecho sustantivo que empuja a muchos de sus habitantes a saltar el muro y buscar mas allá de sus fronteras, en especial en el mercado de los Estados Unidos, la posibilidad de trabajo que no encuentra puertas adentro.

¿Dónde queda la Argentina en este cuento?. La Argentina no sabe si es Chile o si es Brasil.

Si el modelo es el chileno, nuestro país irá hacia la elaboración de productos naturales buscando su diferenciación y agregando valor. En ese caso, su sistema de innovación se centrará en el desarrollo de la biotecnología y en la inversión en biocombustibles.

Si el modelo es Brasil, entonces tendrá que estimular la producción de bienes de capital y tratar de recuperar la excelente producción de máquinas–herramienta que supo tener y que, oportunamente, exportó a toda América Latina. Hoy esta capacidad se ha perdido aunque, lentamente, está expandiendo capacidades en la producción de maquinaria agrícola, que también fue excelente en el pasado.

En la actualidad la Argentina está en proceso de reinventarse. Pero el gobierno, me parece, está ocupado en manejar la tasa de interés y los equilibrios macroeconómicos, mientras deja que las señales de precios le digan a los empresarios hacia donde orientar sus inversiones.

Pero reinventar el país es mucho más que eso. Es decidir donde debemos estar dentro de veinte años y, en consecuencia, armar los carriles de políticas de Estado (y no de un gobierno). Hacerlo es sinónimo de elegir cuáles son las capacidades sociales que queremos desarrollar e involucrar al aparato productivo, al educativo y al de ciencia y tecnología, a la par que desarrollar el vínculo entre las empresas, las universidades y el gobierno. Esto es lo que hicieron Israel, Corea, Taiwán, Finlandia o Singapur y aunque todas son formas del capitalismo, cada una de ellas crea institucionalidades distintas y una sociedad diferente.

La pregunta es ¿cuál es el modelo de capitalismo que quiere tener la Argentina a veinte años vista?. Hoy la respuesta no está.

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