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Miércoles 23 de Octubre, 2019
Política industrial

La primera voz de los industriales

En plena crisis económica, en 1875 se profundizó el debate entre los partidarios del liberalismo y del proteccionismo, que alcanzó su mayor repercusión en los recintos del Parlamento Nacional y de la legislatura bonaerense. En ese año, y preocupados por hacer conocer sus opiniones en defensa del progreso fabril del país, nació la primera entidad representativa de los industriales.

ImagenLos socios fundadores del Club
En 1865 la crisis económica europea hizo que el negocio lanar, una de las principales actividades económicas del país, cayera significativamente y se planteara la necesidad de encontrar producciones alternativas. Como aporte a la discusión sobre las soluciones posibles, un importante grupo de dirigentes políticos, entre los que se contaban Vicente Fidel López y Carlos Pellegrini, proponía encarar una estrategia de industrialización de las materias primas. Ellos sostenían que “la manufactura de paños, en particular, permitiría utilizar la lana que no se podía colocar en el mercado mundial y fortalecer la economía argentina”.

Desde ese año y hasta 1873 “muchas voces se alzaron contra la dependencia de los mercados mundiales y el libre cambio, sin hallar más que paliativos temporarios, como la reducción de aranceles de exportación de los productos ganaderos, gestionada por la Sociedad Rural”. Entidad que también promovió la instalación de una fábrica de paños de lana que comenzó a operar -con 19 telares mecánicos, una máquina de vapor de 30HP y una dotación de 60 trabajadores- luego de sortear numerosos inconvenientes. Al poco tiempo “cayó victima de los problemas económicos locales, a pesar de que conocidos jóvenes de la época, liderados por Pellegrini exhibían con orgullo trajes confeccionados con tela de industria nacional”.

Una nueva baja del precio internacional de la lana -principal recurso del gobierno nacional- y una política monetaria expansiva que estimuló la especulación financiera, profundizaron las divergencias entre proteccionistas y libre cambistas.

En el marco de este debate, el 29 de agosto de 1875 se reunieron 17 industriales que declararon constituido el Club Industrial, que comenzó su existencia legal días después (el 12 de septiembre) en una asamblea más numerosa (69 personas). En la primera, fue elegido presidente de la entidad Fernando Schelleinger quien manifiesta “la necesidad de aunar esfuerzos y objetivos y luchar para incidir sobre los poderes públicos” ya que “era imposible el adelanto del país con los industriales aislados. Las concepciones económicas nacionales para abrirse paso deben ir acompañados por la acción gremial y social”.

El estatuto provisorio, establecía como misión del Club “el fomento de la industria nacional, el estudio y la defensa de sus intereses”. Los socios fundadores del Club eran, en su mayoría, propietarios de pequeños talleres mecánicos, herrerías, hojalaterías; imprentas; fabricas de cigarros; sastrerías y camiserías; carpinterías, mueblerías y aserraderos; zapaterías y talabarterías; licorerías y confiterías y fábricas de carruajes.

La predica del Club Industrial

El Club se mostró activo desde su origen y en octubre lanzó un periódico quincenal. “El Industrial” que llevo adelante “una prédica industrialista aunque, por prudencia o por convicción, defendió una alternativa adecuada a la coyuntura que atravesaba el país, en lugar de ubicarse como promotor a ultranza de la industrialización”.

En el centenar de ediciones del periódico entre sus colaboradores figuraron destacados políticos e intelectuales de la época -Pellegrini, Rafael Hernández, Rufino Varela y Miguel Cané- que impulsaron en el Parlamento reformas a la ley de Aduanas propiciadas por los directivos del Club. De las páginas del vocero del Club, seleccionamos algunas definiciones del grupo industrialista: • “Queremos el fomento de la industria, no solamente para defender y salvar nuestros intereses particulares, intereses que son iguales para los millares de obreros que viven de nuestras industrias, pero sobre todo para arrancar al país del precipicio en el cual se ha hundido por la mala organización económica. Nos levantamos en medio de la miseria y la ruina, consecuencia forzosa del desequilibrio que entre las importaciones y las exportaciones (octubre de 1875).

• “¿Cómo se ha creado la industria en Estados Unidos? Por el espíritu de nacionalidad y de independencia. Los Estados limitaron, desde su organización política, todos los cambios; cerraron sus puertas a las procedencias extranjeras que importaban un menoscabo para las industrias establecidas ya o que se establecían en el país; la autoridad administrativa, sobre todo, concentró su atención y sus fuerzas a sólo dos grandes núcleos: difundir la educación y proteger las industrias. Cuando éstas tomaron carta de ciudadanía por su desarrollo, se abrieron los puertos al comercio libre que no pudo competir con la producción nacional (junio de 1877).

• “¿Cuán diferente seria hoy la situación económica y financiera de nuestro país si los hombres llamados a gobernar desde el año 1852 hubiesen adoptado un sistema de protección racional, consultando las necesidades locales, en lugar de adoptar una escuela muy bella para ser escrita, pero que sus resultados, como ha sucedido, tenían que ser fatales?(noviembre de 1879) • “No se comprende de manera alguna que los artefactos elaborados en el exterior paguen el mismo derecho que la materia prima que lo constituyen, lo que equivale decir, dificultar con un recargo enorme el trabajo del país en obsequio del extranjero. No tiene explicación que el hierro de elaboración pague un fuerte derecho y las máquinas hechas con él en el extranjero tengan entrada libre. Esto importa prohibir su constitución en el país” (septiembre de 1881).

Otras preocupaciones del Club Industrial

No sólo la evolución de los derechos aduaneros motiva la inquietud de los integrantes del Club. Un tema que preocupa a los industriales es “la naciente insurgencia obrera, que tiende a presentar un sorpresivo frente de huelgas”. En enero de 1879 el vocero del Club niega que “en el país se den las causas que puedan justificarlas. Aquí el elemento obrero es heterogéneo y en lo económico vive en general con más holgura que en Europa; y el operario mientras encuentra los medios de subsistencia no piensa en huelgas ni revoluciones, ni cosa parecida. Cálmense, pues los alarmistas y dejen de llamar al lobo, cuando el lobo no ha nacido aún”.

Las huelgas, sin embargo, se hacen presentes y un mes después y “El Industrial” está obligado “a comentar la medida de fuerza dispuesta por los obreros cigarreros que contaban ya con su propia organización”. Una de las fábricas despide a tres obreros, uno de los cuales era delegado en la Sociedad Unión de Cigarreros y, ante la negativa del dueño del establecimiento de reincorporar a los cesanteados, fue decretada la huelga que impactó sobre la actividad del resto de las cigarrerías. Varias de ellas llegaron a prometer la ocupación de los despidos a cambio de que se modificara el artículo de los estatutos del sindicato que contemplaba la convocatoria de huelgas por el despido de delegados.

Comentando el caso, el articulista sostiene que “las huelgas sólo pueden ser justificadas en un caso extremo, así como en el orden político han sido justificados los grandes trastornos sociales, tales como la Revolución Francesa”.

En otro orden, hacia fines de 1881, el Intendente Municipal de la ciudad de Buenos Aires decide actualizar la ordenanza que prohibía el trabajo de jornaleros y personal dependiente en días de fiesta y domingos. El Club, a través de su publicación oficial, sostiene que la norma “roba 73 días de trabajo cada año a los industriales”. “Anulada por la ley de la costumbre -agrega el comentario al referirse a los casos que habían determinado la suspensión de su vigencia- y porque veía en el espíritu del pueblo la necesidad imperiosa del trabajo constante, y por lo tanto dejaba pasar desapercibido el que los trabajadores concurrieran a sus talleres los días domingos y fiestas, sin imponer multas. Desde hoy la libertad de trabajo es un mito...” Los integrantes del Club, junto a miembros de otras organizaciones participaron de una numerosa asamblea -alrededor de 400 personas- y votaron por no reconocer a la Municipalidad “el derecho de abrogarse facultades que no le corresponden”. Uno de los oradores, y redactor del documento aprobado junto con Jacobo Peuser, es el presidente del Club Industrial: José Daumas, fabricante de cigarrillos e integrante de una sociedad a cargo de la explotación de un yacimiento de mineral de hierro en Catamarca.

La Comisión de Industriales y Comerciantes constituida para resistir la ordenanza -las entidades dieron un paso al costado y optaron por ceder la conducción del movimiento a personalidades representativas de ambos sectores- contrata los servicios del doctor Manuel Quintana, abogado del Banco de Londres y años después vicepresidente de la Nación, quien logró neutralizar la resistida iniciativa municipal.

Promotor de exposiciones industriales

El Club Industrial se destacó también por sus actividades para difundir los productos manufacturados en el país. En enero de 1877 organiza la Exposición Industrial Argentina que “ocupó holgadamente unas cuantas aulas del Colegio Nacional donde se realizó”. Pese a que aún no había mucho que exhibir, la exposición fue un éxito porque conmovió a la opinión pública, acostumbrada a subestimar la potencialidad de las industrias nacionales”. Y el propio Departamento de Agricultura, en su boletín, se refiere a la muestra destacando: “Los industriales de Buenos Aires sabían que la industria nacional se desarrollaba cada día mas, pero con lentitud por falta de proteccionismo y querían a todo trance merecerlo de las autoridades. Necesitaban, pues, un hecho en que apoyar sus aspiraciones tan legitimas”.

El Congreso de la provincia de Buenos Aires aprobó la concesión de cien mil pesos al Club -que ya había recibido de la legislatura una suma similar para la organización de la exposición- para que otorgara premios a los industriales que se hubiesen destacado en la muestra.

En 1880 el Club se enfrenta con la Sociedad Rural “debido a la rivalidad en torno a quién organizaría la Exposición Continental propuesta por el presidente Nicolás Avellaneda”. Con el apoyo del gobierno de la provincia de Buenos Aires logra quedarse con esa responsabilidad y el 15 de marzo de 1882 -luego de varias postergaciones- la inaugura en la plaza 11 de septiembre.

La exposición cuenta con la concurrencia de todos los países americanos, además de Inglaterra, Alemania y Francia. Abarcó un área de 27.370 metros cuadrados de los cuales 2.800 fueron adjudicados a la Capital Federal, 400 a la provincia de Buenos Aires, 200 a Córdoba y 100 a cada una de las provincias restantes. Participaron 2.038 expositores locales y 1.194 extranjeros que exhibieron “entre 80.000 y 100.000 objetos”.

En el acto inaugural, el presidente Avellaneda dijo: “Era sabido que producíamos materias primas, porque nos incorporamos con ellas después de muchos años al intercambio universal; pero los promotores de la exposición han querido demostrar también que somos capaces del trabajo industrial”. Y agregaba “en el inventario de la riqueza, la industria ocupa el primer lugar”.

Ruptura, “borrón y cuenta nueva”

La composición interna del Club no fue estable. En la circular que convocaba a su reunión constitutiva se manifestaba “que los firmantes habían creído indispensable, dado la critica situación del país, la organización de una asociación para defender los intereses de todos los productores”, lo que llevó a aceptar también como miembros a estancieros y agricultores. Pero no transcurrió mucho tiempo hasta que en el seno del Club “surgieron fuertes diferencias que, en parte, se originaron en las características mismas de la estructura productiva local”.

El 6 de diciembre de 1878, apenas tres años después de su fundación, un grupo de socios decidió retirarse y constituir, el Centro Industrial Argentino, que editará el periódico “La Industria Argentina”. Su primer presidente fue Pedro Agote y, a su renuncia, lo reemplazó Ángel Estrada; “ambos pertenecientes a familias con fuerte arraigo social y actividad política en el país”.

De resultas de esta crisis, el Club quedó formado, básicamente, por artesanos y pequeños propietarios, mientras que en el Centro predominaban los socios dedicados a la agricultura y la ganadería. Esta diferenciación “fue reforzada por las decisiones adoptadas por ambas organizaciones en cuanto a la admisión de socios. El Club abandonó definitivamente el criterio amplio en sus estatutos, mientras que el Centro resolvió permitir el ingreso de “todo aquel que estuviera al frente de actividades industriales, agrícolas, ganaderas y comerciales (el gerente de la Sociedad Rural Argentina fue uno de sus socios).

No todos los estudiosos del desarrollo industrial de nuestro país coinciden en que el motivo de la separación fueron los intereses encontrados. Para algunos la ruptura fue provocada por diferencias en el posicionamiento frente a decisiones económicas del presidente Avellaneda que lleva a trece socios del Club a enviar una nota en la que protestan por el contenido de notas publicadas en “El Industrial” porque “no queremos hacernos solidarios de los ataques incalificables y conceptos deprimentes de que se vienen haciendo a las primeras autoridades y corporaciones del país. Protestamos, por que no queremos autorizar con nuestro silencio, el proteccionismo exagerado que quiere establecerse para hacer prevalecer la necesidad y conveniencia de proteger a la industria y el trabajo nacional” (pocos días después de la escisión, el periódico les responde: “si bien en un primer momento algunos ilusos, sin estar al corriente de los antecedentes del Club creyeron su existencia en peligro, ese desenlace ha venido a robustecer más sus fuerzas. Quien ha ganado más es sin duda la causa iniciada y sostenida por el Club desde su fundación: el fomento de la industria nacional”). Para otros, el enfrentamiento “surgió por divergencias respecto a la política económica que la institución (el Club) debía propiciar, ahondadas por una preferencia excesiva que un grupo de socios manifestaba por la industria de Buenos Aires, en detrimento de las del interior”.

El Club y el Centro continuaron actuando separadamente hasta febrero de 1887 cuando superadas las diferencias, y después de varios intentos frustrados, resolvieron fusionarse para constituir la Unión Industrial Argentina, cuya primera comisión directiva fue presidida por el senador nacional Antonio C. Cambaceres. El acta fue suscripta por Joselín Huergo, Melitón Panelo y Carlos z. Castro, por el Centro, y Mauricio Mayer, Alejandro Daul y Edmundo L. Cranwell por el Club Industrial. “Los 877 socios fundadores de la UIA representaban sino a la totalidad por lo menos las dos terceras partes de los industriales de cierta importancia establecidos en esos años”.

Bibliografía:
  • “El mito del país rico”, Jorge Todesca, Emece Editores
  • “La industria que supimos conseguir” , Jorge Schvarzer, Editorial Planeta
  • “Historia de la industria argentina” , Adolfo Dorfman, Solar Hachette
  • “Comportamiento y crisis de la clase empresaria” , Dardo Cuneo, Editorial Pleamar
  • “Líneas contrapuestas en la evolución de las entidades empresarias” , Pablo Gatelli, “Realidad Económica” Nº 174

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