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Temas en debate

Qué piensan… (I)

Convocamos a un reducido grupo de personalidades a los que les formulamos sólo dos preguntas: una individual, tendiente a conocer su opinión sobre la evolución del sector en que desarrolla su actividad y la otra de carácter general con la finalidad de evaluar si, respecto del contexto económico de los años recientes, existen apreciaciones coincidentes entre personas de profesiones y, a veces, corrientes de pensamiento diferentes.

ImagenesDaniel H BouilleEduardo CuriaEduardo DvorkinJaime Campos
El breve interrogatorio fue dirigido –por orden alfabético– a: Licenciado Daniel Hugo Bouille, presidente ejecutivo de la prestigiosa Fundación Bariloche; licenciado Jaime Campos, titular de la encumbrada Asociación Empresaria Argentina –AEA-; doctor Eduardo Curia, referente insoslayable y partícipe activo de la política y la economía del país; doctor Eduardo Dvorkin, director de SIM&TEC y nombre resonante en el sector de ciencia y técnica; doctor Aldo Ferrer, catedrático e intelectual cuyo prestigio excede el campo de lo económico; Jorge Göttert, empresario fabril del sector de bienes de capital y presidente de la Cámara Argentina de la Máquina Herramienta y Tecnologías para la Producción y al doctor Juan Carlos Lascurain, industrial y destacado dirigente que lideró la Unión Industrial Argentina y la Asociación de Industriales Metalúrgicos de la República Argentina.

El común denominador entre ellos es su honestidad intelectual y el hecho que, para nosotros, encarnan algo más que los títulos con los que deben ser presentados. Bouille es un profesional cuya trayectoria honra la institución a la que ha dedicado gran parte de su vida; Campos es un hombre que trabajó en consultoría en organismos nacionales e internacionales -junto a investigadores de primerísimo nivel- y que siempre se mostró ocupado en el destino nacional; Curia sigue siendo un productivista que, desde tiempo atrás, señala con preocupación las inconsistencias de la política económica en marcha; Dvorkin es un investigador con una larga y exitosa trayectoria en el sector privado y miembro activo de Carta Abierta; Ferrer, que muchas veces ha sido señalado como “padre del modelo,” siempre mantuvo su independencia y sólo suscribió acuerdos que responden al interés nacional; Göttert representa un sector de importancia fundamental para cualquier país que tenga como objetivo su industrialización y Lascurain es un hábil negociador tan cercano a las máximas autoridades del gobierno como capaz de plantear posturas disonantes – nunca en público- si las directivas no satisfacen al sector fabril.

Las preguntas individuales y sus respuestas son las que se transcriben a continuación, mientras que aquellas que corresponden a la requisitoria común se presentan en la nota “Qué piensan... (II)”.

Daniel Hugo Bouille

Se señala al alza del consumo estacional como el principal motivo de la escasez energética aunque la Argentina, como el resto de América Latina, muestra un muy bajo consumo por habitante. ¿Qué lugar le cabe a la planificación – o a su falta- en ésta especie de incoherencia?

- El alza del consumo como explicación de las falencias es un argumento que no resiste el menor análisis desde el punto de vista de la política energética. Como se sabe desde el siglo XIX (por hacer referencia a la etapa "moderna" de la energía), por la propia evolución de la actividad socio-económica y las mejoras en las condiciones de bienestar, el consumo de energía crece todos los años, aun sin la existencia de condiciones estacionales diferentes. La falta de responsabilidad para prever tal crecimiento y actuar en consecuencia, tiene un solo responsable: las autoridades energéticas, considerando que se trata de un Servicio Público.

La seguridad de abastecimiento, sobre todo en el caso de una fuente como la electricidad que no admite el almacenamiento (provisión y consumo instantáneo) y no tiene sustitutos, es responsabilidad del Estado que debe implementar las estrategias, acciones y medidas de política para que la industria energética (las empresas) haga las inversiones necesarias que garanticen tal abastecimiento en tiempo y forma.

La cadena productiva de la electricidad tiene tres segmentos relevantes: generación, transmisión y subtransmisión/distribución. La garantía de abastecimiento implica realizar las inversiones necesarias en todos los segmentos, el incremento de la capacidad de generación no es garantía si no existe capacidad para transmitir y distribuir esa energía generada.

El Estado, aun sin la existencia de ninguna planificación de largo plazo, ha motorizado inversiones en generación e, incluso, transmisión, pero dejó en manos del mercado y la decisión de las empresas de distribución las inversiones en distribución, es decir no cumplió con su responsabilidad de regular el sistema (Entes reguladores, prácticamente inoperantes desde 2003) y verificar que las expansiones en capacidad de distribución y estaciones transformadoras necesarias crecieran de acuerdo a la evolución de la demanda (esto especialmente en el caso de las únicas empresas de distribución que son de jurisdicción nacional (EDENOR, EDESUR Y EDELAP).

Adicionalmente, el atraso de los precios y las tarifas energéticas dan al mercado y los consumidores una señal perversa y dañina en múltiples dimensiones: la energía es abundante y no son necesarias las acciones de uso eficiente, la energía es barata no importa cuales sean los niveles de consumo, en consecuencia los factores vinculados a la equidad en el acceso no son importantes, es decir los pobres y los ricos deben pagar lo mismo por los KWh consumidos aunque su demanda de potencia sea muy diferente y los servicios energéticos satisfechos sean tremendamente distintos. Parece como que no existen problemas ambientales vinculados al consumo de energía y que carece de importancia la posibilidad de internalizar externalidades dando una señal de precios. Dicho en otros términos, es evidente que la energía barata para toda la población y todos los sectores no es sustentable en lo económico, lo social y lo ambiental e implica una conducta irresponsable por parte de las autoridades.

Como consecuencia de estos precios, sería interesante evaluar cuál es la ecuación económica de las empresas distribuidoras, cuál su rentabilidad y cuál es su capacidad de recuperar inversiones si se mantienen los actuales niveles de precios.

Es posible agregar que la crisis energética que hoy vive la Argentina es el resultado de la total ausencia de una política energética de largo plazo y de planificación de los sistemas energéticos y que los costos del sistema energético argentino han crecido (en dólares) como consecuencia de la ausencia de tales políticas.

Los costos de generación de electricidad son cada vez mayores al haberse mantenido, sin una coma de modificación la política de los noventa en cuanto al ingreso de un 100% de equipamiento térmico para satisfacer la demanda creciente, frente a un 0% de hidro y un 0% de nuclear (los programas de promoción de los renovables han fracasado por inadecuadas políticas y marcos legales). Ante la falta creciente de gas natural este equipamiento debe funcionar con gas oil o gas importado a precios muy elevados.

En consecuencia, no hay ninguna paradoja sino abundancia de improvisación, ineptitud, acciones de corto plazo, medidas inconducentes y falta de acción, inteligencia y capacidad para manejar un sistema complejo como el energético.

Un buen ejemplo son los discursos engañosos para la "gilada" cuando, por ejemplo, se plantean cortes programados, solución que responde a falta de energía pero nunca a problemas de distribución (si no hay capacidad del transformador del barrio X ¿en qué ayuda que yo le corte al barrio Y?).

Se podría escribir un largo y penoso documento sobre el tema, pero asumo que no hay espacio.

Jaime Campos

Desde su creación AEA ha bregado por lograr que la dirigencia empresaria aunara criterios y propuestas tendientes a favorecer el desarrollo económico y social del país. En más de una oportunidad se avanzó y retrocedió. ¿Qué se debe mejorar o corregir para concretar ese objetivo?

- Debe mejorar el contexto de libertad en el que se desarrollan los diálogos y debates, no sólo entre entidades empresariales, sino también con la dirigencia política y social del país. Esta libertad la entendemos como la posibilidad de expresar abiertamente las opiniones de cada uno.

Los empresarios son responsables por la salud de las empresas que dirigen, en términos del patrimonio de los accionistas y de los empleos de los trabajadores. Dialogar con libertad es un requisito indispensable para construir los amplios acuerdos necesarios para el desarrollo social y económico de la Argentina.

Eduardo Luis Curia

La industria argentina ¿enfrenta, entre otros, problemas de competitividad y de rentabilidad? Si es así, ¿cómo se solucionan?

- En términos generales diría que la política económica exhibe continuidad en las banderas, pero un quiebre importante y negativo en las implementaciones y en respuesta más estricta a la pregunta creo que, efectivamente, el sector manufacturero enfrenta en la actualidad una preocupante tendencia básica de acotamiento de la rentabilidad y de la competitividad.

Se trata de una instancia claramente contrastante con lo acontecido, en general, durante el lapso 2003(2002)-07, del Modelo Competitivo Productivo, quinquenio en el que la industria creció al 11% anual. Hoy por hoy, estamos sumamente alejados de una performance de tales características.

Una hipótesis acomodaticia que se suele aducir es que en dicho período operaron condiciones excepcionales en los frentes aludidos las que, “por naturaleza”, iban a eclipsarse inevitablemente. Discrepo tajantemente con esta postura.

La notable performance de aquel modelo, o modelo de “dólar alto”, ameritaba consolidar su matriz modélica con un criterio básico de sostenibilidad dado que las experiencias de desarrollo no pueden afirmarse si las señales que las encauzan son revertidas a poco de andar. Ratificando los puntales de aquel modelo y con un esquema como el que expuse recurrentemente –que conciliara en el tiempo las facetas de competitividad cambiaria, productividad y el horizonte distributivo, encuadrando de paso el fenómeno inflacionario-, se hubiera evitado esta “fosa” de rentabilidad y de competitividad en la que se decantó y que genera gruesas perturbaciones.

En definitiva, más allá de aspectos políticos que otorgan un sentido de homogeneidad a la década, y de la continuidad de planteos políticos generales y hasta filosóficos concernientes a una visión pro industrialista –confirmada, incluso, en el seguimiento de ciertos proyectos específicos significativos-, en el estricto terreno de las estrategias efectivas, de orden macroeconómico (que son el factor, aunque no único, `pero sí principal), operó un giro perceptible que decantó en la tendencia arriba mencionada, con las implicancias molestas del caso en lo atinente al despliegue industrial, notoriamente más comprometido en el plano global que en las circunstancias del quinquenio 2003-07, aun “neteando” el asunto de las aristas más agudas vinculadas con la crisis mundial de 2009.

Pasamos, entonces, de un modelo de dólar alto, a un modelo de dólar bajo, de una instancia de estadio de superación de la restricción externa, a un contexto signado por la restricción externa o de divisas. La conexión entre la evolución del tipo de cambio real y la vinculada con la restricción externa es tan severa como inapelable.

El profundo retraso cambiario real es el percutante esencial –sin desmedro de otros resortes interactuantes- que instigó la seria estrechez de divisas que atenaza a nuestra economía en lo global y al sector manufacturero en particular.

Es totalmente incorrecto imputar –en términos de causal fundamental- al proceso de aumento de la inversión en el sector industrial, por sí, como responsable primario, por ejemplo, del llamativo déficit de divisas del sector MOI, que viene superando anualmente los 30.000 millones de dólares. Véase que este pronunciado déficit es un apreciable múltiplo del existente en el lapso 2003-07 cuando la tasa de inversión, incluso, crecía con mayor intensidad. O sea: el quid de la responsabilidad no es del empeño inversor empresarial –aunque, claro, éste irradia cierta presión-, sino del giro modélico verificado que llevó de la macro neodesarrollista del dólar alto a la macro del dólar bajo. La corrección de un cuadro como el descripto es sumamente arduo, porque se asocia a desalineamientos macroeconómicos de alcance agudo; por ende, en un plano estrictamente económico, se impondría una terapia de shock o cirugía mayor.

Se debiera partir de una adecuación cambiaria de magnitud –para retomar la orientación asignativa de base del macro precio cambiario-, consecuente con rigurosas políticas de ordenamiento fiscal y monetario y de serio encuadre de la dinámica de ingresos, a la que habría que sumar un nivel de tasas de interés congruente.

Naturalmente, esta terapia de shock choca con contraindicaciones de tenor político y social que la inhabilitan en cuanto a su aplicación, salvo un convencimiento profundo de las dirigencias que, desde ya, no existe.

Luego, se abre margen para los experimentos gradualistas que tenderían a gambetear tales contraindicaciones. Pero, a la vez, el riesgo de esa variante es el de quedarse a mitad el camino, con lo cual, los desalineamientos, en lo primordial, perseverarían peligrosamente.

El cierto progreso devenido de los recientes cambios ministeriales y en el Banco Central, es que se pasó a una visión algo más concentrada en la oferta de dólares –éstos, directamente, vienen por exportaciones o por el ingreso de capitales externos- para encarar la restricción externa, distinta de la óptica rústica y disfuncional del llamado cepo cambiario, muy asociado a taponar conductos de demanda de divisas sin preocuparse por la generación de las mismas.

Esto no quiere decir que el cepo no continúe –hasta podrá haber refuerzos del mismo, mientras se lo busca “acicalar” por otro lado-, pero, sí, se insinúa un mayor énfasis intencional hacia la afluencia de dólares. Algo que queda revelado por el ajuste aun dosificado de la política cambiaria y por ciertos movimientos en la cuenta capital, más allá de las observaciones que quepan a las acciones encaradas.

Se perfila algo así como un “gradualismo” cuya seriedad y perseverancia definitivas todavía se está por ver.

En realidad, el cepo de por si carece de capacidad alguna para superar la restricción externa; porque se restringe a conformar un mecanismo de apuro para administrar la escasez de dólares, reciclándose en ella. Por supuesto, tomando a una parcela del asunto –las DJAI-, reconózcase que en medio de semejante retraso cambiario, sin el uso de las mismas, rubros productivos locales importantes se verían sometidos a presiones devastadoras.

De todos modos, cuando se avanza hacia una perspectiva integral del tema, la disfuncionalidad del mecanismo es enorme, y –de la mano del retraso cambiario- no ofrece posibilidad alguna en sí mismo para articular un proceso orgánico de sustitución de importaciones con un sentido de up gradey con una imprescindible proyección exportadora, lo que inapelablemente supone situarse en una “sustitución difícil” para hacer diferencias y para apuntar seriamente a combatir la restricción externa.

En rigor, entiéndase que el “comercio administrado”, o en un sentido más prístino: las políticas comercial externa e industrial específicas activas (adaptables hasta cierto punto según las circunstancias mundiales), son el legítimo complemento de estrategias macroeconómicas básicas correctas, pro desarrollo y nunca poseen, por sí, talla suficiente como para remediar pesados desalineamientos macroeconómicos. En la actualidad, las autoridades enfrentan algo así como una transición en el frente de la restricción externa y del significativo drenaje de reservas acaecido. El objetivo, sería “salvar la ropa” en la primera parte de 2014. Pero, enseguida adviene el “después”. Y, en este ámbito, el sector manufacturero debe estar muy alerta no sea cosa que –sabiéndose ya que el cepo cambiario, en sustancia, no lleva a ningún lado-, no pase a colocarse excesivo acento, en lo referido a la afluencia de divisas, en un revival de los ‘90 o de la segunda parte de los ‘70, consustanciado con un esquema de apalancamiento sistemático en el ahorro externo, institucionalizando el retraso cambiario y desplazando ahorro interno.

Eduardo Dvorkin

El sector de Ciencia y Tecnología ha tenido un desempeño notable. ¿Es igualmente exitosa la transferencia de conocimiento y el consecuente agregado de valor al sector productivo?

- El proceso de desarrollo inclusivo que hemos venido atravesando desde el 2003, y que es necesario profundizar, puede ser definido sucintamente como crecimiento del valor de la producción argentina y disminución simultánea del índice de Gini. La simultaneidad en la evolución de ambos indicadores es imprescindible y es la característica distintiva del proceso.

En el sector de Ciencia y Tecnología hemos sido partícipes, sin duda alguna, del progreso de la década. El incremento de inversiones en infraestructura, el mejoramiento de las condiciones de trabajo y de vida de los trabajadores del sector, el desarrollo de nuevos instrumentos de financiación que favorecen la vinculación entre el sector científico y el sector productivo han sido los datos relevantes de la década.

Un instrumento innovador y de fuerte potencial es el FONARSEC, que promueve la constitución de consorcios asociativos público-privados (CAPP). Estos CAPP, con financiamiento parcial del MinCyT y contraparte de los consorcistas, han encarado el desarrollo de importantes proyectos tecnológicos.

Para lograr la profundización del crecimiento inclusivo es necesario evolucionar de productores de commodities agrarias e industriales a productores de productos diferenciados de alto valor agregado con tecnología nacional. El evolucionar a la producción de productos de alto valor agregado con tecnología nacional ampliará la demanda de trabajadores con niveles crecientes de educación, estimulará el establecimiento de cadenas de valor en las que intervendrán PyMES y grandes empresas (privadas o estatales) y traccionará fuertemente sobre el sistema científico nacional.

La transferencia del conocimiento científico desarrollado localmente al desarrollo tecnológico y por ende a la producción, no solo se demostró que en nuestro país es posible sino que, para seguir creciendo e incluyendo, es necesario incrementar esta transferencia cualitativa y cuantitativamente; contribuyendo a desarrollar proyectos de sustitución de importaciones, sobre todo en lo que hace a bienes de mayor valor agregado y por lo tanto mayor complejidad; contribuyendo al incremento de nuestras exportaciones y muy particularmente a la exportación de productos diferenciados con mayor contenido tecnológico y mayor valor agregado.

Los principales actores en el proceso productivo son:
  • Las empresas productivas privadas: su lógica es necesariamente maximizar la relación beneficio / inversión, minimizar riegos y minimizar el tiempo de circulación del capital. Si en algunas circunstancias el desarrollo local fuese la mejor solución a su ecuación para minimizar el combo (costos + riegos + tiempo) lo adoptarán, pero no asumirán riesgos en función de una estrategia nacional.

    Mucho más distante de las necesidades nacionales es la lógica de las empresas multinacionales ya que optimizan su solución con producciones, clientes y proveedores diseminados por países con diferentes costos, con diferentes tasas impositivas, con diferentes legislaciones sociales y ambientales, etc.
  • El Estado nacional: utilizando inteligentemente de su poder de compra para promover el desarrollo local y actuando como productor.

    Intentar modificar la matriz productiva del país para evolucionar hacia la producción de productos de alta complejidad con tecnología nacional implica asumir riesgos y aceptar tiempos prolongados para obtener beneficios por las inversiones realizadas. Resulta evidente además que para desarrollos de alta complejidad tecnológica las actuales ventajas competitivas del país pueden no ser atractivas para empresas multinacionales con acceso a financiación y centros de desarrollo internacionales y en la lógica de estas empresas sólo por excepcionalidad nuestro país resultaría la opción de elección para localizar este tipo de desarrollos.

La opción del Estado encabezando consorcios conformados por PyMES e instituciones del complejo nacional de ciencia y tecnología hoy aparece como la única opción posible. No el Estado solamente como promotor o regulador sino el Estado como productor.

El tema del Estado como motor de la innovación productiva no solo es relevante en nuestro país sino que constituye el estándar internacional, normalmente negado en el discurso pero efectivizado en los hechos, como analiza la profesora Mariana Mazzucato (University of Sussex, U.K.) en su libro “The Entreprenurial State”. Como ejemplos la profesora Mazzucato cita el caso del algoritmo de Google que se desarrolló con el soporte económico de la NSF de los Estados Unidos y el hecho de que los gobiernos de EE.UU. y de la Unión Europea (UE) tuvieron roles protagónicos en el desarrollo de la industria de la computación, de Internet, de la industria farmacológica, de la industria de biotecnología, de la industria de energía nuclear, de la tecnología espacial, de la aviación, etc.

En resumen:
  1. La participación nacional en la producción, sobre todo en sectores altamente deficitarios de la balanza comercial argentina, constituye un tema a profundizar.
  2. El incremento continuo de la transferencia del conocimiento científico al desarrollo local de tecnologías es el requisito para aumentar la complejidad y el valor de la producción argentina manteniendo positivo el flujo de divisas.
  3. La participación activa del Estado nacional constituye el requisito necesario para otorgar factibilidad al cumplimiento de los puntos anteriores.

Aldo Ferrer

En ésta década la Argentina no se desindustrializó, como ocurrió con Brasil y México, sin embargo, el sector primario sostiene con vigor el perfil exportador del país. ¿Es posible (y deseable) acelerar un cambio que vigorice la inserción de la industria?

- A partir de la salida de la crisis de principios de la década pasada, la industria fue alcanzando posiciones de ocupación plena de la capacidad productiva y de la mano de obra. La estructura productiva desequilibrada, según la expresión de Marcelo Diamand, volvió entonces a revelar su “pecado original”, la restricción externa. A partir del 2007, se duplicó el déficit del comercio de manufacturas de origen industrial (MOI), concentrado en autopartes, bienes de capital, complejo electrónico y sector químico.

Los déficit en energía y turismo agravaron la insuficiencia de divisas, pero su causa profunda es el subdesarrollo manufacturero en las ramas de la frontera tecnológica. Planteado el problema, el crecimiento de la economía depende de la magnitud del superávit del comercio de productos primarios (SPP). El límite del déficit en el comercio de manufacturas de origen industrial y de energía (DMOI/E), es el SPP.

En un sentido más amplio ese es, también, el límite del nivel de actividad posible, de la inversión y de la tasa de crecimiento. Esto mismo es un rasgo de la vulnerabilidad del sistema. EL SPP depende de los cambios en los mercados internacionales de productos primarios y, del lado de la oferta, de factores - como los climáticos- que afectan los saldos exportables. La subindustrialización y la baja participación en el proceso innovativo de la industria argentina también se refleja en otras debilidades de la estructura productiva como sucede con los desequilibrios entre las diversas economías regionales dentro de nuestro territorio, las asimetrías de productividad entre los diversos sectores industriales y al interior de cada uno de ellos y la elevada participación de la informalidad en el mercado de trabajo.

Cerrar la brecha en el comercio internacional de manufacturas de origen industrial (MOI) implica la transformación de la estructura manufacturera del país, es decir enfrentar la necesidad perentoria de incorporar las actividades de mayor valor agregado y contenido tecnológico. Esta es la base para fortalecer la capacidad competitiva en los sectores de frontera que constituyen las áreas más dinámicas del comercio internacional y en las cuales, precisamente, se verifica el déficit de MOI.

Para tales fines es preciso replantear la estrategia de sustitución de importaciones y actuar con la audacia necesaria para proponerse objetivos que parecen inconcebibles e incorporar, siempre, el compre nacional en la inversión pública. Es preciso abandonar el viejo concepto de la “sustitución de importaciones”, que implica reemplazar importaciones actuales por producción interna, mientras se acrecientan, en mayor medida, las importaciones de los nuevos bienes y servicios resultantes del incesante progreso técnico. Esto desemboca, como lo revela la experiencia argentina, en la brecha creciente del comercio de MOI y la restricción externa.

No alcanza con sustituir producción presente, es preciso sustituir la futura con talento argentino. Debe rechazarse la postura resignada frente a la inercia de la estructura productiva desequilibrada. Suponer, por ejemplo, que en el complejo electrónico la actividad local posible se reduce al ensamblaje de componentes importados o, asimismo, que lo más que puede lograrse en el sector automotriz es producir autopartes de menor contenido de tecnología.

En efecto, es inconcebible avanzar hacia la frontera tecnológica del sector en un sistema hegemónico de filiales en el que la actividad local no incluye la innovación de frontera. Es imposible cerrar el déficit de MOI en autopartes sin un profundo proceso innovador y, este, sin la presencia de una empresa automotriz integrada nacional que innove, produzca motores, incorpore autopartes de alta tecnología de PYMES, atienda la demanda más dinámica de vehículos dentro del mercado interno y acceda al internacional.

Al respecto, la experiencia de las economías emergentes de Asia es ilustrativa. Ellos comenzaron el desarrollo de la actividad automotriz después de la Argentina, pero la diferencia estriba en que instalaron empresas nacionales que compiten en el mercado mundial con las grandes marcas europeas y norteamericanas, son impulsoras del cambio técnico y de la integración de las respectivas economías nacionales, participan en los segmentos avanzados de las cadenas internacionales de valor y son una fuente importante en el ingreso de divisas. La Argentina cuenta con los medios materiales y humanos para realizar una experiencia semejante.

Un país como el nuestro capaz de producir, por ejemplo, reactores nucleares de investigación, dispone del talento necesario para llevar adelante y en forma exitosa una empresa de esas características. Y, por otra parte, el desarrollo de una o más empresas locales en el sector automotriz ampliaría las posibilidades de nuestro país en el marco de la cooperación con Brasil y también en el espacio regional.

Jorge Göttert

La incorporación de bienes de capital de alta y media tecnología en el sector manufacturero argentino fue impactada negativamente por la política de control de las importaciones implementada por el gobierno desde fines de 2011. Para recuperar el terreno perdido ¿qué decisiones deberían adoptarse en el corto y mediano plazo?

- Los mecanismos de Licencias no automáticas de importación (LNA), y luego las Declaraciones Anticipadas de importaciones (DJAI), pensados para la regulación de las importaciones en forma generalizada ,han generado en nuestro sector importantes dificultades para ingresar al país tecnologías no producidas localmente y que se requieren indefectiblemente para el funcionamiento de las líneas de producciones locales. Esta situación trajo dificultades severas en algunas plantas y se vio reflejado en pérdidas de producción, bajas en los niveles de productividad y por ende una pérdida de competitividad tanto para abastecer el mercado interno como externo.

El cierre del 2013 nos encuentra ante una situación de posibles cambios referidos a estas políticas, de acuerdo a los compromisos asumidos por funcionaros públicos ante cámaras y asociaciones empresarias en los últimos días.

El sector de bienes de capital, máquinas herramientas y tecnologías para la producción es un sector sensible en cuanto a estos mecanismos vinculados al comercio exterior y por ende requiere de un tratamiento especial .Se debe analizar en detalle y en forma especifica qué puede producirse aquí y cuales son aquellas máquinas o componentes que no solo no se producen, sino que no resulta viable realizarlo por cuestiones de escalas o competitividad con el resto del mundo.

Consideramos que es prioritario para el 2014 repensar el funcionamiento de estos mecanismos, tal como han anunciado las autoridades nacionales que sucederá, creando un tratamiento diferenciado para lo que son equipos industriales y componentes tecnológicos. También resulta indispensable, continuar generando y promoviendo la implementación de mecanismos de subsidios, incentivos y créditos blandos, accesibles para PyMES que les permita invertir en bienes de capital, aumentar su capacidad instalada y así generar nuevas fuentes de empleo. Las PyMES generan el 70% de los empleos en nuestro país, y es ahí entonces donde debe prestarse especial atención, sobre todo en aquellas empresas que forman parte de cadenas productivas y que no solo generan empleo sino también valor agregado a productos de origen nacional.

Juan Carlos Lascurain

En el último decenio la industria creció pero con desigualdades sectoriales e intrasectoriales. ¿El sector metal mecánico está entre los ganadores o entre los perdedores de la época? ¿Por qué?

- Yo creo que la industria en su conjunto tuvo un desempeño muy positivo en esta etapa. Más allá de los matices en su interior, todos los sectores industriales mostraron un fuerte crecimiento. En particular, los sectores metalúrgicos notamos transformaciones muy importantes que resultan elocuentes al respecto. Hemos más que duplicado nuestra capacidad productiva en base a inversiones, que representaron alrededor del 5% de la facturación total. La producción física se expandió más del 120% y triplicamos las exportaciones, alcanzando un record de 7.500 millones de dólares en 2008. Muchos rubros metalúrgicos, que habían quedado al borde de la desaparición hacia el final de la Convertibilidad, volvieron a tener actividad y potencial productivo. Algunos ejemplos son los astilleros, diversos rubros vinculados a la energía nuclear y renovables, a la producción de maquinarias y otras cadenas de valor fundamentales en un proceso de desarrollo.

La actividad metalúrgica fue una de las más dinámicas del período y explicó más de un cuarto de la expansión de la industria. Pero también vemos puntos sobresalientes en la industria automotriz, en las manufacturas de origen agropecuario y los textiles, entre otros rubros. Este notable desempeño de la industria en los mercados interno y externo favoreció la creación de casi 600 mil puestos de trabajo formales en la industria y más de 200 mil corresponden a sectores metalúrgicos.

Cuando uno analiza estos temas, sumado a que la Argentina fue el único país de la región que no primarizó sus exportaciones y su estructura productiva en este contexto de altos precios de los commodities, resultaría totalmente equivocado pensar que existieron “perdedores” en esta etapa entre los industriales.

Hemos mantenido e incluso incrementado la participación de la industria en el PBI en un mundo desfavorable a la industrialización para países como el nuestro y este es un dato irrefutable. En efecto, la tendencia es a la baja en los países desarrollados y en desarrollo, salvo China y países del Sudeste Asiático.

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