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Ciencia & tecnología

Reseña (no exhaustiva) del surgimiento de los laboratorios de Investigación y Desarrollo en la industria argentina

En el V Congreso de la Asociación de Economía para el Desarrollo de la Argentina, las licenciadas Patricia Gutti y Florencia Pizzarelli presentaron un trabajo -“Primeras configuraciones de la I+D en el sistema de producción argentina”-, al que definieron como un aporte preliminar y parcial de una propuesta más amplia que forma parte de una tesis de doctorado y un proyecto de investigación sobre el proceso de cambio tecnológico en la industria manufacturera argentina. Con su autorización, a continuación ofrecemos el texto de uno de los capítulos del documento.

ImagenEl centro de Investigación Industrial (CINI) nació en 1987 y realiza tareas de I+D para las empresas del Grupo Techint.
Las primeras fábricas en la Argentina se instalaron durante la vigencia del modelo agroexportador, alrededor de 1890. En su mayoría se trataba de empresas extranjeras o pequeños talleres que pertenecían a europeos instalados en el territorio nacional, dedicados a la producción de alimentos y algunas. El crecimiento de la industria comienza a acelerarse a principios del Siglo XX con un incipiente proceso de sustitución de importaciones derivado del cierre de los mercados internacionales por la Primera Guerra Mundial; sin embargo, señala Jorge Schvarzer, en 1930 la industria argentina tenía máquinas pero no ingenieros, contrataba obreros pero ignoraba a los técnicos, los talleres mecanismos eran grandes galpones donde no existía nada parecido al taylorismo o la organización científica del trabajo, reinaban la precariedad técnica y no habían instituciones preocupadas por cambiar esta situación.

En 1935 la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias (AAPC), creada dos años antes, publicó su Primer informe sobre el estado de la ciencia en Argentina y las necesidades más urgentes. Entre otras cosas, el informe afirmaba que a esa fecha ninguna industria disponía de laboratorios dedicados exclusivamente a la investigación y a la resolución de problemas propios de su producción.

El primer laboratorio especializado en I+D fue de propiedad estatal y correspondió a la empresa Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), dedicada a la producción de petróleo, inaugurado a mediados de la década de 1930 en Florencio Varela, Provincia de Buenos Aires.

En consonancia con lo que ocurría en los países desarrollados algunos físicos e ingenieros locales comenzaron, durante la década de 1940, a publicar artículos remarcando la necesidad de que la investigación científica se vincule con la industria. En este contexto, el ingeniero Augusto Durelli de la Facultad de Ingeniería de la UBA promovió la llamada ‘investigación técnico-científica’ y sus vínculos con la industria; sostenía que en esos laboratorios se debían ensayar y producir los nuevos métodos técnicos que harían progresar a la industria. En esta misma línea, el ingeniero Ernesto Galloni, secretario de la Asociación Física Argentina (AFA), se dedicó a promocionar los vínculos entre investigación e industria sosteniendo que las universidades debían proveer los técnicos mientras que los laboratorios para las investigaciones debían ser provistos principalmente por las industrias.

Para esta época la mayor parte de la investigación se realizaba en las universidades, establecimientos financiados con fondos públicos y los institutos creados por afuera de las universidades financiados con fondos internacionales y de filántropos locales.

Algunas excepciones en el sector privado que merecen ser mencionadas son las empresas que prosperaron en el período de entreguerras como Talleres Coghlan (1942) y SIAM (1910), que si bien no hacían investigación básica sí tenían un plantel de habilidosos ingenieros que consiguieron sustituir una gran parte de la maquinaria y equipo que se requería para la producción local así como también mantener una oferta diversificada de productos de línea blanca. Talleres Coghlan creada en 1942 para la fabricación de maquinaria y equipos cuya importación estaba restringida, se dedico principalmente a la industria textil pero también creó los telares de alambre necesarios para fabricar papel para lo cual debió construir máquinas especiales. El know how que adquirió la empresa en estos años le permitió vender en 1945 licencias para fabricar máquinas textiles a una empresa brasileña.

Por su parte, SIAM comenzó produciendo maquinaria de panadería y tuvo un desarrollo sin precedentes hasta convertirse a principios de la década de 1960 en la firma metalmecánica más importante de América latina. Entretanto, en 1940 ya era un emporio fabril. A partir de diversos contratos internacionales de compra de tecnología a empresas extranjeras y al amparo de regulaciones nacionales que fueron clave para determinar su evolución empresarial, SIAM produjo desde surtidores de nafta en la década de 1920, a electrodomésticos y automóviles en la década de los ‘60, antes de iniciar una larga crisis que desemboca en un caótico final a mediados de la década de 1970.

Estos dos casos son claros ejemplos del avance de la industrialización argentina de la época y de la transferencia de tecnología como una de las herramientas posibles de utilizar para iniciar el proceso de crecimiento basado en la incorporación de conocimiento externo. Lamentablemente también son ejemplos de empresas que crecen al amparo del Estado y que luego no pueden sobrevivir en condiciones de apertura de la economía. Como estos hay varios casos más de empresas que siguen este tipo de trayectoria.

A su vez, si bien estas empresas no tenían laboratorios de I+D sí tenían equipos de ingenieros que adaptaban la tecnología externa al entorno local, lo cual podría denominarse como un tipo de laboratorio industrial. En función de las categorías analizadas en el punto 2 del presente trabajo, se podría afirmar que los primeros laboratorios que existieron en la industria argentina eran laboratorios basados en la explotación del conocimiento.

Un caso diferente lo constituyó FATE (Fábrica Argentina de Telas Engomadas). La empresa dedicada a la fabricación de neumáticos abrió sus puertas en 1940 convirtiéndose rápidamente en una de las empresas líderes del mercado y aún hoy conserva esa posición. FATE comenzó sus actividades como proveedora de telas impermeables y otros productos de caucho para la reparación de neumáticos pero rápidamente se inició en la producción de neumáticos y firmó un acuerdo de transferencia de tecnología con una empresa estadounidense para el desarrollo de nuevos productos. En 1969, a diferencia de los casos anteriores, habiendo producido el primer neumático radial en la Argentina, crea la división de I+D, afianzándose como líder tecnológico en el sector. Desde entonces comenzó un proceso de integración vertical de la producción y continuó la firma de acuerdos de transferencia tecnológica con empresas de países como Alemania, Brasil e Italia, que le permitieron tener un proceso de innovación continuo expandiéndose a nuevas áreas como el transporte de pasajeros, maquinaria agrícola y vial.

La división de I+D de FATE neumáticos fue sumamente fructífera, el trabajo se realizaba en coordinación entre la gerencia de desarrollo y la de producción lo cual permitía un trabajo coordinado orientado a resolver los problemas del proceso de fabricación pero también a buscar soluciones orientadas a la mejora de los productos a partir de un desarrollo científico. El laboratorio estaba compuesto por ingenieros, físicos y matemáticos que trabajan bajo una planificación anual y sin límites de presupuesto.

Otro hito sobresaliente en la historia de FATE fue la creación de la división electrónica de la empresa en 1969, para lo cual contó con el apoyo estatal y un régimen promocional que le permitió introducir componentes libre de derechos. Basándose en desarrollos propios, la división electrónica consiguió comercializar la calculadora “Cifra” casi al mismo tiempo que comenzaba el boom mundial de las calculadoras electrónicas. También alcanzaron el desarrollo de un prototipo de computadora llamado “serie 1000”. Lamentablemente el cambio de rumbo de la política nacional acompañado de modificaciones en la gerencia de empresa hicieron que el proyecto perdiera importancia y hacia finales de 1976 la división fuera cerrada.

A su vez FATE también formó en 1973 la empresa ALUAR, cuyo primer presidente fue el matemático y astrónomo Carlos Varsavsky. En esta empresa también se conformó un grupo importante de I+D que entre 1974 y 1980 desarrolló tecnologías originales para el cerramiento de las cubas de electrólisis con el fin de mejorar la eficiencia en la producción y cuidar el medio ambiente. También se realizaron modelos matemáticos de la electrohidrodinámica de las cubas que permitió optimizar su diseño y aumentar el rendimiento de la producción, se estudió la posibilidad de sustitución de materias primas y se analizaron los recursos aluminíferos locales y los posibles procesos para la utilización de esos yacimientos, entre otros aportes tecnológicos. Posteriormente este grupo fue reducido y su rol fue reemplazado por una consultora estadounidense.

FATE se convierte de esta manera en la primera empresa privada en tener un laboratorio de I+D por fuera del sector farmacéutico (*) y en una de las empresas argentinas con mayor compromiso por la introducción de tecnología en el mercado local. Si bien es cierto que esta empresa también nació y se fortaleció al amparo de la protección del Estado, no es menos cierto que a diferencia de los casos anteriores, FATE supo realizar inversiones orientadas a la generación de tecnología local. De este modo, se encuentran ciertas evidencias que parecen indicar que el tipo de laboratorios de I+D que se encuentra en este caso está basado en la generación de conocimiento, un modelo aparentemente más cercano al que se encuentra en los países desarrollados.

Otro caso destacado dentro de la industria argentina lo constituye la empresa Techint, fundada en 1945, y actualmente conformada en un grupo de empresas dedicadas a la producción de productos y servicios derivados del acero. En el seno de una de las empresas del Grupo, Siderca, nació en 1987 el Centro de Investigación Industrial (CINI) con el propósito de proveer al grupo de la investigación científica y tecnológica necesaria para fortalecer el desarrollo y perfeccionamiento de las empresas en los temas relacionados a la metalurgia y métodos numéricos. El CINI inició su funcionamiento con seis personas y llegó a reunir más de 200 profesionales con actividades orientadas al estudio de materiales y el desarrollo de nuevas roscas a partir de la utilización de nanotecnologías.

La década de 1970 parece ser una de las décadas más prospera en la creación de empresas con un mayor compromiso por el desarrollo tecnológico endógeno pero también basado en la incorporación de tecnología externa a partir de convenios tecnológicos o licencias de producción. Sin duda que las condiciones macroeconómicas reinantes en este período sumado a las políticas públicas de fomento a la industrialización que tuvieron lugar entre 1930-1978, con diferente intensidad, contribuyeron a conformar ese escenario.

El cambio en las condiciones políticas y económicas desde finales de esa década determinó un contexto macroeconómico poco propicio para la inversión productiva en los años siguientes. No obstante, algunos casos aislados aparecen también en la década de 1980 con el auge de la biotecnología. Empresas como Bio-Sidus (1983) suelen ser mencionadas como ejemplo de decisiones que se toman a contramarcha del proceso de apertura y especialización en commodities que empieza a profundizarse en ese período y alcanza su máxima expresión en los años noventa con la aplicación del Consenso de Washington.

Luego del colapso de la convertibilidad, las nuevas reglas de juego determinan un cambio en las condiciones macroeconómicas que alientan el proceso de industrialización y de cambio tecnológico. En este contexto resulta interesante analizar la configuración de los laboratorios de I+D nacionales con el objetivo de contribuir a la caracterización del proceso de innovación local para la elaboración de políticas públicas orientadas al desarrollo económico.

Las autoras del trabajo que contiene este capítulo, Patricia Gutti y Florencia Pizzarelli, son licenciadas en Comercio Internacional, docentes e investigadoras de la Universidad Nacional de Quilmes.

Notas

(*) Empresas como SIDUS (1938), Laboratorios ELEA (1939) y Laboratorios Bagó (1934) fundadas durante la década de 1930 son casos en donde la investigación científica estuvo presente desde el inicio.

Bibliografía del capítulo:
  • Boletín Informativo Techint Nº 309 (2002), “CINI: Un centro de investigación y desarrollo generado por la industria argentina”.
  • Buch, T. y Solivérez, C. (2011), De los quipus a los satélites. Historia de la tecnología en la Argentina, Ed. Universidad Nacional de Quilmes, Bernal, Buenos Aires.
  • Hurtado, D. (2010), La ciencia argentina. Un proyecto inconcluso: 1930-2000, Edhasa, Buenos Aires.
  • Rougier, M. (2011), Estado y empresarios de la industria del aluminio en la Argentina. El caso ALUAR, Ed. Universidad Nacional de Quilmes, 1a Ed., Bernal, Buenos Aires.
  • Rougier, M. y Schvarzer, J. (2006), Las grandes empresas no mueren de pie. El (o) caso de SIAM, Grupo Editorial Norma, Buenos Aires.
  • Schvarzer, J. (1996), La industria que supimos conseguir. Una historia político-social de la industria argentina, Ed. Planeta, Buenos Aires.

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