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Miércoles 22 de Noviembre, 2017
Ciencia & tecnología

Sarita Rietti

Conversé con ella por primera vez en tiempos en que, renacida la democracia, mentes notables como las de Carlos Correa, Rebeca Guber y, por supuesto, Sara Rietti rodeaban a Manuel Sadosky en la Secretaría de Ciencia y Tecnología. Eran los años del alfonsinismo, del miedo residual y de la esperanza. Cada encuentro con Sarita, algunos pautados en “Clásica y Moderna” otros productos de coincidencias en las multitudinarias marchas de los 24 de marzo eran, para mí, un baño de entusiasmo en las causas en las que se comprometió de una vez y para siempre. Pocas tan coherentes, pocas tan tiernas.

ImagenUna mente brillante
Fue una sorpresa enterarme, mucho después de conocerla, que Sarita no era Rietti sino Bertfeld y que aquel era el apellido de Victor, su esposo. Cuando le pregunté por qué no usaba el nombre con el que había nacido sus ojos azules se hicieron más oscuros y me dijo algo así como “si lo usara ya nadie sabría de quien se trata”. Y era cierto.

“Hacer ciencia es una aventura” dijo más de una vez con la alegría de los que están convencidos de lograr recorrer el camino trazado a pesar de los muchos obstáculos que, de antemano, sabía que encontraría.

Pero ¿qué era hacer ciencia para Sarita?, la primera química nuclear de nuestro país, la representante de un momento fundacional para la investigación, la amiga y colaboradora de César Milstein, Oscar Varsasky y Rolando Garcia. Hacer ciencia era despertar conciencias, democratizar el conocimiento y, por sobre todo, ponerlo en el centro de un modelo de desarrollo nacional y latinoamericano. Para Sarita hacer ciencia era hacer Politica. Y la hizo. No desde comités sino desde algunos espacios como los de Carta Abierta, las universidades o instituciones como el INTI. Hizo Política, casi sin hacer política y trabajó siempre con el objetivo de que se entendiera que era posible-y es un derecho- tener una vida más digna en un mundo más justo.

Nunca olvidó la violencia de aquel 29 de julio de 1966 en el que se golpeó, como a rufianes, a las mentes más brillantes que había dado la Argentina. Y aunque creyó que ese día partió la vida universitaria en pedazos que, aún muchos años después fue muy difícil ensamblar, no dejó de luchar para que los mejores se queden o vuelvan al país. “Soy una amarrete de nuestros científicos, por eso en el 66 traté de que no se vayan muy lejos, traté de organizarlos para tenerlos cerca” Doctora en Química por la Universidad de Buenos Aires, especialista en Ciencia, Tecnología y Sociedad, Sarita Rietti era una mujer de una modestia solo comparable a su singular belleza.

“Conocer tiene sus ventajas y sus desventajas decía, porque saber implica la enorme responsabilidad de compartir ese conocimiento y hacer que otros tomen conciencia de los riesgos que nos amenazan en medio de la crisis económica y cultural en la que se debate la sociedad occidental”.

Sarita Rietti se fue el sábado 27 de mayo, en medio de tiempos que la preocupaban. Pero su faro sigue encendido porque los grandes maestros, sólo por serlo, no mueren.

Irene

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