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Procesos de integración

TPP: Certezas e interrogantes

El doctor Marcelo Halperín, formula un primer análisis de los desafíos que se presentan, a nivel global, a partir de los avances logrados en las negociaciones del Acuerdo de Asociación Transpacífico, zona de libre comercio conformada por trece países de América, Asia y Oceanía.

ImagenAl término de la reunión, representantes de países del TPP informaron sobre los alcances del acuerdo.
Al haber concluido exitosamente a principios de octubre, y tras cinco años, las tratativas para celebrar el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP por sus siglas en inglés) se ha generado una curiosa inquietud en los ambientes políticos, académicos y empresariales dentro de los países del Mercosur. Circulan notas y artículos que tienden a retacearle importancia. Es una prevención de vieja data. Durante años, blandiendo las insignias de la integración sub-regional o bien de la Organización Mundial del Comercio (OMC), según las circunstancias, prevaleció en el cono sur una coincidencia de opiniones acerca de su presunta irrelevancia y precariedad, imputada primero a los “acuerdos preferenciales” (según la terminología peyorativa que habían difundido distintos informes de la OMC) y más tarde sobre los “mega-acuerdos” (en el decir de la CEPAL).

En principio es preciso reconocer la dificultad para perfeccionar los mentados “mega-acuerdos”. Tales dificultades obedecen a la necesidad de compatibilizar diversos intereses: en unos casos ante la concurrencia de países con estructuras económicas heterogéneas, y en otros casos por el alto nivel de desarrollo y las diferencias entre distintas regulaciones preexistentes en los respectivos mercados internos (como es el caso de los Estados Unidos y la Unión Europea). Semejantes obstáculos siguen alentando las creencias acerca de su inviabilidad. Pero sorpresivamente nos encontramos con que una de estas negociaciones prospera, si bien está pendiente la revisión del texto, su firma por funcionarios de nivel ministerial presumiblemente durante el primer trimestre de 2016 y la ulterior intervención de los parlamentos. De modo que el escepticismo ahora se transfiere a estas instancias: ¿será finalmente aprobado en los respectivos órganos legislativos? Y, en especial, ¿podrá sortearse la oposición y el cabildeo de sectores “proteccionistas” en el Congreso de los Estados Unidos? Antes de abordar el tema de la puesta en vigor del TPP cabe recordar que los países decididos a encarar semejante desafío ya conocen el paño, porque han negociado y luego aplicando numerosos compromisos bilaterales del mismo formato. Precisamente la multiplicación de tales acuerdos explica que, tanto por razones de interés público como también por la presión de agentes privados se haga necesario el reordenamiento de concesiones y regulaciones entrecruzadas por la coexistencia de aquellos acuerdos bilaterales en vigencia (incluyendo una diversidad de cláusulas en regímenes específicos de origen; comercio de servicios; compras gubernamentales; telecomunicaciones; propiedad intelectual…). En muchos casos esta necesidad de reordenamiento involucra díadas de tratados bilaterales entre los mismos países que se ven compelidos a renegociar entre todos ellos a escala plurilateral, dando lugar así a un mega-acuerdo. De modo que dichas negociaciones merecerían calificarse como “de segundo grado”. Reconocer esta característica es especialmente mortificante para países como los miembros del Mercosur, con serias inhibiciones a la hora de tener que fijar sus propias prioridades y lanzarse al ruedo aún “en primer grado”.

El Congreso de los Estados Unidos se auto-limitó en junio de este año al reeditar la denominada “Trade Promotion Authority” (TPA), que lo inhibe de hacer cuestionamientos parciales para procurar enmiendas y en cambio impone una definición “in totum” a la hora de aprobar o rechazar los Tratados. Habida cuenta del amplio espectro de materias, regulaciones y concesiones abarcadas en el TPP, siempre pueden detectarse potenciales ganadores y perdedores. Es aventurado anticipar el peso relativo de unos y otros cuando se deba decidir, considerando además que pueden aflorar intereses contrapuestos dentro del propio país. Pero en todo caso cabe suponer que en el parlamento estadounidense prevalecerán acumulativamente dos argumentos. El primero de ellos es el de la referida necesidad de reordenar compromisos ya contraídos, involucrando así las relaciones con Singapur, Australia, Canadá y con los tres países latinoamericanos intervinientes: Chile, México y Perú.

Con respecto a los restantes países signatarios del TPP, cabe un argumento estratégico, habida cuenta de la porfía irresuelta por el dominio de los mercados en Asia-Pacífico frente a China. Al respecto, el TPP consagra el marco regulatorio para poder articular las vinculaciones de los Estados Unidos con países interlocutores de China, como son los países miembros de ASEAN: Estados Unidos tiene un Tratado vigente con Singapur y ahora se agregan Malasia, Vietnam y Brunei. No debe pasarse por alto que los diez países de ASEAN han venido avanzando en su interrelación con China, Japón y Corea en el marco del Grupo ASEAN + 3 a partir de su Plan de Trabajo 2007-2017. Y en la actualidad encaran proyectos todavía más ambiciosos con la inclusión de Australia, Nueva Zelanda e India (ASEAN + 6) en un “Regional Comprehensive Economic Partnership” (RCEP).

El entrelazamiento de las economías de Asia y el Pacífico explica entonces la necesidad apremiante de los Estados Unidos para coser su propia red y formalizar este vínculo interoceánico en el que figuran Japón y también Australia y Nueva Zelanda, con lo que refuerza su presencia en el Índico anticipada por el acuerdo que tiene vigente con Australia.


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