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Miércoles 23 de Octubre, 2019
Procesos de integración

Una nueva agenda para la integración

En febrero de 1960 se reunieron en Montevideo, representantes gubernamentales de la Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay, a los que se sumó más adelante la delegación de México, con el propósito de constituir una asociación regional. Las negociaciones culminaron con la firma del Tratado de Montevideo, de 65 artículos, que instituyó la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC). Tiempo después se incorporaron, Bolivia, Colombia, Ecuador y Venezuela, conformando el grupo de naciones que durante dos décadas trataron de impulsar en el marco de la ALALC un proyecto de integración regional que, lamentablemente, no llegó a consolidarse.

ImagenesJosé F. Fernández EstigarribiaJosé P. SanjuánHéctor KolodnyRaúl Ochoa
En su libro “Mercosur”, Luis A. Eguivar y Rodolfo R. Rua Boiero reseñaron los aspectos más salientes del Tratado de Montevideo de 1960 que tenía como objetivo establecer una zona de libre comercio. “Según el articulo 2o del documento, la zona de libre comercio se iba a perfeccionar en un periodo no superior a doce años, a contar desde la fecha de la entrada en vigor. Durante ese lapso se eliminarían los gravámenes y las restricciones de todo orden que incidían sobre la importación de productos originarios del territorio construido por los once países. De modo que, como las disposiciones de lo acordado entraron en vigencia en 1961, en 1973 debía estar constituida la zona de libre comercio.

Las reducciones serían del 8% anual, a través de dos listas de productos: la ‘nacional’, integrada por las ofertas de cada país contratante, y la ‘común’, constituida por productos cuya participación en el valor global del comercio alcanzaron; el 25% en el curso del primer trienio: el 50% en el curso del segundo; el 75% en el curso del tercero, y la casi totalidad de ese comercio durante el cuarto y último trienio.

Cabe acotar que la inclusión de productos en la lista ‘común’ era definitiva y las concesiones otorgadas sobre tales productos eran irrevocables. En cambio, era posible el retiro de los productos ofrecidos en las listas ‘nacionales’, aunque ello debía ser negociado y compensado adecuadamente.

El carácter multilateral del Tratado quedaba profundizado por el artículo 18o que disponía, respecto del tratamiento de la nación más favorecida, que cualquier ventaja, favor o franquicia, inmunidad o privilegio, que un país otorgase a otro, sería inmediatamente e incondicionalmente extendido al producto similar de las demás partes contratantes. Esta rigidez del mecanismo negociador estaba profundizada por otra disposición del Tratado que establecía que la cláusula de salvaguarda solamente podía aplicarse por un año, no contemplándose en el Tratado ninguna otra restricción al intercambio comercial paulatinamente promovido por la rebaja sistemática de los aranceles y gravámenes”.

El programa de liberación comercial no se cumplió: “el mecanismo de desmantelamiento arancelario y paraarancelario era tan rígido que prácticamente desembocó en un paralización de las negociaciones”. Ante ello, y superada una segunda ronda que terminó en un fracaso como la anterior, el plazo del período transición –que vencía en 1973- se llevó a 1979, haciendo más lento el ritmo de desgravación. Las rondas posteriores tampoco culminaron con éxito y en 1980 “se formaliza el reconocimiento del fracaso de las negociaciones realizadas en el seno de la ALALC para constituir una zona de libre comercio entre los once países asociados”.

Ese reconocimiento compartido por operadores, representantes diplomáticos y empresarios, hizo que en cuatro meses –marzo a junio de 1980- de la posible reformulación de la ALALC se pasara, el 12 de agosto, a plasmar “un cambio trascendental del marco jurídico de la integración regional” con la firma del Tratado de Montevideo 1980 que creó la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI).

Los enviados especiales de Informe Industrial que viajaron a Montevideo para la cobertura informativa de la reunión, en la nota titulada “El nuevo modelo de integración” (No 137, agosto 1980, pág 48 y siguientes) destacaron: “La hora de los acuerdos parciales, ha llegado respondiendo, según los artífices de la ALADI, a las cambiantes condiciones del comercio internacional”. En la misma nota se incluyó la opinión del entonces Secretario Ejecutivo de la CEPAL, Enrique V. Iglesias, quien refiriéndose al papel desempeñado por la ALALC sostuvo: “Cuando miramos para atrás, debemos reconocer que se ha registrado un enorme incremento en el comercio regional y también que esa nueva actitud que moviliza las relaciones se dio a través del conocimiento recíproco de los industriales, comerciantes y gobiernos. Todo esto es ALALC y su importancia no puede discutirse. Quizás pueda decirse que hay crisis respecto a las expectativas que se tuvieron, pero en relación con las realidades, la Asociación ha realizado una labor positiva”.

La consulta sobre la necesidad del cambio tuvo una respuesta afirmativa del hoy titular de la Secretaría General Iberoamericana: “ALALC se correspondió con una visión del mundo y de América Latina que ha cambiado. Nuestra región es mucho más heterogénea, diferente en varios aspectos y entonces sus instituciones deben adaptarse a esa nueva realidad y los instrumentos de la Asociación eran excesivamente rígidos para el tipo de estructuras políticas y económicas que nos tocó vivir. Creo que ahora se transita una senda realista, si entendemos que América Latina es y seguirá siendo una región pluralista, que va a tener que optar por distintos denominadores comunes. Hay que buscar un marco ágil y flexible; en ese sentido, el nuevo esquema es positivo y ofrece esa oportunidad. Ahora la palabra la tienen los gobiernos”.

Entre los documentos aprobados por el Consejo de Ministros de Relaciones Exteriores, además del Tratado de Montevideo 1980, merece una especial referencia el que dispuesto la revisión de los compromisos del programa de liberación del tratado anterior, que comprendían 11.250 rebajas arancelarias en listas nacionales; más de 7.200 reducciones tarifarías concedidas a los países de menor desarrollo económico y que en las listas especiales –de ventajas no extensivas- beneficiaban exclusivamente a productos de esos países y 25 acuerdos de complementación que incluían más de 3.600 reducciones arancelarias. La resolución aprobada el 12 de agosto establecía que esos compromisos –“el patrimonio histórico de la ALALC”- quedaban incorporados al nuevo esquema de integración, debiendo negociarse “a través de su actualización, enriquecimiento o eliminación, de forma de alcanzar un mayor fortalecimiento y equilibrio de las corriente comerciales”.

Sin plazos perentorios para alcanzar el establecimiento del mercado común latinoamericano –por otra parte, un objetivo cada vez más lejano- y respetando el principio “de flexibilidad” la ALADI fue perdiendo el impulso de los primeros años. La constitución del Mercado Común del Sur, las nuevas iniciativas llevadas adelante por la mayoría de los países miembros –tal el caso de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR)- la han ido relegando al rol de depositaria –“escribanía”- de los acuerdos que a lo largo de estos años han firmado los 12 países que hoy la integran (Cuba se incorporó como miembro pleno el 26 de agosto de 1999).

Sin embargo, la integración sigue siendo uno de los grandes ideales de los países latinoamericanos. Y así lo señalan, previo reconocimiento de los altibajos y fracasos que marcan negativamente la experiencia de los 50 años transcurridos a partir de la creación de la ALALC, tres protagonistas de esa historia que respondieron a la invitación de Informe Industrial para analizar el pasado, el presente y el futuro del proceso de integración regional: el embajador José F. Fernández Estigarribia, Secretario General de la ALADI; el contador Raúl Ochoa, ex subsecretario de Comercio Exterior, profesor universitario y asesor de organismos oficiales y privados y el doctor Héctor Kolodny, ex presidente de la Federación Argentina de la Industria de la Indumentaria y Afines y de destacada actuación en representación del sector empresario en ambos organismos regionales. En la página 26 la opinión del ingeniero José P. Sanjuán, presidente de la Asociación Argentina de la Industria Eléctrica y Electrónica (AAIEE) y de extensa y reconocida trayectoria en el actividad empresaria.

José F. Fernández Estigarribia

La conmemoración de los 50 años del proceso de integración latinoamericano nos brinda la oportunidad de recordar y valorar su importancia para el desarrollo político, económico y social de nuestros países, en cuyo contexto los operadores económicos del sector industrial cumplen un rol importante en la construcción de dicho proceso.

El tan anhelado sueño de alcanzar la unión entre los países de nuestra región, impulsado por nuestros próceres, ha constituido un permanente desafío y muchos son los esfuerzos realizados para su concreción, desde que nuestros países han logrado su independencia, a principios del Siglo XIX.

La historia registra innumerables hechos, en el ámbito bilateral y multilateral, donde los países han mostrado su firme vocación integracionista. Este ideal adquirió mayor magnitud y relevancia cuando un grupo de países latinoamericanos decidieron suscribir el Tratado de Montevideo 1960, el 18 de febrero de dicho año, mediante el cual se fundó la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC); una iniciativa extraordinariamente valiosa pues es la primera prueba tangible de la capacidad de entendimiento de los países de la región en el plano económico y comercial.

En el período de la ALALC se registraron considerables avances pues su aporte fue muy significativo en varias dimensiones, particularmente en lo que se refiere a un mayor relacionamiento económico-comercial favorecido por los acuerdos suscritos; la adopción de normativas para la armonización de instrumentos comerciales y la generación de condiciones para incrementar el comercio, y la creación de un mecanismo de pagos y créditos recíprocos para ayudar a financiar el comercio, entre otros.

Uno de los saldos más destacables lo constituye el hecho de que la ALALC favoreció la construcción de una visión y una conciencia latinoamericana muy rica e importante que permitió emprender futuros proyectos y acciones específicas a nivel plurilateral. Podría afirmarse que se ha conseguido establecer un “lenguaje común” para los temas económico-comerciales.

Este primer esfuerzo integracionista fue sucedido por la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), creada el 12 de agosto de 1980 mediante la suscripción del Tratado de Montevideo 1980. El nuevo instrumento dio continuidad al proceso iniciado en 1960, siendo su objetivo el establecimiento, en forma gradual y progresiva, de un mercado común latinoamericano. El Tratado prevé un marco jurídico e institucional de amplia flexibilidad que permite concertar acuerdos parciales por países o grupos de países, o por sectores.

Cabe destacar que la ALADI es el mayor grupo latinoamericano de integración, comprende a 10 países sudamericanos, más Cuba y México y representa en conjunto 20 millones de kilómetros cuadrados y más de 500 millones de habitantes. Una de sus características más relevantes la constituyen sus principios, destacándose los referidos al pluralismo en materia económica y política, y el de la flexibilidad, los cuales favorecen su adaptación a las necesidades y cambios que se dan en nuestros países.

La Asociación generó más de 70 acuerdos y registró en el año 2008 un comercio intrarregional superior a los 146 miles de millones de dólares –aunque disminuyó en el 2009, debido a la crisis- y se estima un crecimiento en el 2010.

Por otra parte, el Consejo de Ministros de la ALADI a partir de 2004 enfatizó en la urgencia de profundizar la integración en los ámbitos comercial, financiero y de cooperación; estableció actividades para el tratamiento de los temas comerciales; amplió su agenda en respuesta a las nuevas visiones de los países, adoptando, entre otras medidas, lineamientos para el desarrollo de la dimensión social, las directrices para el fortalecimiento de la integración productiva y el Plan de acción a favor de Bolivia, Ecuador y Paraguay.

Como puede apreciarse, existe una experiencia acumulada muy rica de 50 años, que admite esperanzas mesuradamente optimistas sobre los beneficios que nos puede brindar el proceso de integración. Estamos en el camino ya iniciado donde hay dificultades, desafíos muy fuertes y tareas pendientes tanto en plano político como técnico que debemos afrontar en un escenario internacional dinámico y complejo.

De todos modos, esta conmemoración sirve como acicate, como nueva luz para redoblar nuestros esfuerzos, inspirados en todos nuestros próceres que lucharon por esta causa y particularmente recordar una frase del Libertador Don Simón Bolívar: “La unidad de nuestros pueblos no es simple quimera de los hombres, sino inexorable decreto del destino.”

Raúl Ochoa

Los aniversarios de ALALC y ALADI permiten una revisión de los avances en el proceso de la integración, así como de sus perspectivas futuras.

Lo que fue intentado por la ALALC y en su primera fase por la ALADI, estuvo enmarcado fundamentalmente por la obtención de ventajas recíprocas para las empresas radicadas en dos o más países – básicamente transnacionales - que facilitaron el comercio intraindustrial e intrafirma, pero sin modificar estructuralmente las economías.

En lo esencial, el patrón de comercio siguió siendo el mismo y aunque fueron aumentando los flujos intrarregionales, el grueso del mismo se mantuvo orientado a abastecer materias primas agrícolas, minerales y petróleo a los Estados Unidos en primer lugar y en segundo término a la Comunidad Europea.

Con el retorno de la democracia, a partir de mediados de la década del 80, se vislumbró la posibilidad de profundizar la integración, otorgándole no sólo contenido comercial, sino un sentido económico y social más profundo. El marco que brindaba la ALADI facilitó nuevos acuerdos entre los que se destacaron por su importancia el Programa de Integración y Cooperación Económica entre Brasil y la Argentina en 1986, más adelante los Acuerdos de Complementación Económica No 14 y 18, el primero entre ambos países y el segundo que, sumando a Uruguay y Paraguay, diera lugar al Tratado de Asunción, que estableció el Mercosur.

Por otra parte, los países andinos a través de la CAN también venían lograron ciertos avances, en especial mediante la conformación de la Corporación Andina de Fomento (CAF), que permitió el financiamiento de obras y empresas en múltiples emprendimientos.

Sin embargo, ya en la década del 90, países como Chile y Méjico sin retirarse de la ALADI toman rumbos diferentes desde el punto de vista de la integración, el primero otorgando primacía a la firma de acuerdos de libre comercio con la Unión Europea, los Estados Unidos, Canadá y otros países desarrollados y el segundo integrando el NAFTA. Coincidentemente es del período mencionado la intención norteamericana de lograr, como varias veces lo intentara desde la época de la Unión Panamericana, formar una zona de libre comercio desde Alaska hasta Tierra del Fuego: el ALCA. (1)

Los años finales del siglo XX encontraron a varios de los países de la región en crisis: Brasil, Uruguay, Ecuador, Bolivia, Venezuela y la Argentina. Era la época de las intervenciones del Fondo Monetario Internacional para lograr estabilizar las economías de los países en desarrollo, a través de diversos planes de ajuste.

Queda claro de que la integración basada en la apertura comercial, “el regionalismo abierto”, no había sido capaz de articular respuestas a los dilemas americanos; en cambio había estimuló respuestas diversas y en algunos casos antagónicas entre los países de la región. La primera década del presente siglo presenta cambios importantes en el escenario mundial y regional, al estar marcada por la irrupción de los denominados “países emergentes” en especial por el notable ascenso de China, pero también en un plano no desdeñable por otros países del sudeste asiático e India. Esta presencia ha implicado una evolución favorable tanto en el volumen y los precios de las materias primas y a su vez un achatamiento de la suba de los precios de los productos manufacturados, modificando en forma crucial, los términos de intercambio para la mayoría de los Estados latinoamericanos (en particular en América del Sur).

Esta situación ha provocado en la región los siguientes cambios estructurales:

– El menor peso relativo de los Estados Unidos como socio comercial e inversor.

– La mejora de los indicadores de solvencia, endeudamiento y resultado fiscal de la casi totalidad de los países, con algunos casos de saldos externos positivos -más reservas que deuda externa-.

– La menor dependencia de organismos internacionales de crédito, con la posibilidad concreta de encarar obras de infraestructura y energía con recursos propios o de bancos de desarrollo de la región.

– Aumento de los flujos comerciales de comercio intrarregionales como efecto del mayor nivel de actividad económica interna.

– El fenómeno de transnacionalización de empresas latinoamericanas cuyos casos más notables son las de origen brasileño, mejicano y chileno.

– Leve impacto de la crisis financiera internacional. Las lecciones aprendidas en las décadas pasadas sumadas a la demanda china y de otros países del sudeste asiático que se mantuvo, permitieron afrontarla con costos infinitamente menores a los “contagios anteriores”.

En otras palabras, el escenario para el proceso de integración se ha modificado radicalmente, lo que implica nuevas oportunidades, pero también amenazas.

El avance chino plantea oportunidades a través de su capacidad inversora puesta de manifiesto en los casos venezolano, chileno y brasileño en particular, así como en su excepcional capacidad de compra que abarca minerales, alimentos, petróleo y materiales de construcción. Pero también dada su escala y costos es un competidor temible en todo tipo de bienes, ya no solo en los de mano de obra intensiva. (2) Por otra parte, sus objetivos de asegurar fuentes de abastecimiento, participar en obras de infraestructura y colocar en las mejores condiciones posibles sus producciones, así como de incrementar y solidificar su “soft power” lo conducen a firmar acuerdos de libre comercio con diversos países, sin importar las cuestiones políticas (de ahí los innumerables tratados cerrados en África y los que ha concretado en nuestra región con Chile primero y recientemente con Perú y Colombia).

Por otra parte, en esta misma década Brasil ha pegado un salto cualitativo y cuantitativo muy significativo, transformándose en un mercado de enorme potencial a través de la incorporación de una parte considerable de su población a los sectores de consumos medios, disminuyendo considerablemente la pobreza y la marginación que había sido su rasgo mas distintivo en el pasado reciente. (3)

Como señala un estudio reciente de la CEPAL, quizás por primera vez, la región tiene condiciones objetivas, no para firmar más acuerdos de libre comercio, sino para trabajar sólida y efectivamente en su integración física, en la cooperación científica y tecnológica, en la complementación energética, en la facilitación de su comercio y en la integración productiva subregional.(4)

También estaríamos en condiciones, en un horizonte no tan lejano, que esta parte del “segundo mundo” tenga mucho para ofrecer en materia de seguridad alimentaria, en la utilización de energías renovables y como zona de paz, frente a un “primer mundo” repleto de incertidumbres y temores.

Notas

1- El ALCA fracasó pero dejó simientes como el CAFTA USA+ Centroamérica y mas recientemente los ALC con Perú y Colombia.

2- Como consecuencia de la suba de los salarios en las ciudades costeras chinas importantes industrias de juguetes, indumentaria y calzado se están trasladando a Vietnam y Bangladesh.

3- Durante el gobierno de Lula no menos de 24 millones de habitantes han pasado a integrar las clases medias, que actualmente representan el 54 % de la población equivalente a más de 100 millones del total del país. (Datos de IPEA 2009).

4- “Crisis y aspectos de la cooperación regional”. Presentación de Alicia Bárcena - CEPAL- Agosto 2009.

Héctor Kolodny

Transcurrido 50 años desde el nacimiento de la ALALC, y su continuación en ALADI y Mercosur caben algunas reflexiones.

Los objetivos acordados, pueden ser sintetizados en: - Establecimiento de un Mercado Común Latinoamericano .

- Reducción y eliminación de trabas al comercio intrarregional.

- Promoción al desarrollo económico – social.

- Programas de complementación económica.

- Libre circulación de bienes , servicios y factores productivos.

- Establecimiento de un Arancel Externo Común.

- Coordinación de políticas macroeconómicas y sociales.

- Zona de Libre Comercio exenta de aranceles.

Sin embargo, en la práctica no logró constituirse una zona de libre comercio plena; se alcanzó una unión aduanera imperfecta; existe un Arancel Externo Común con muchas excepciones (perforaciones) fijadas por los países miembros, que debilitan el objetivo buscado; no hay coordinación de políticas comerciales, ya que no se dispone de un Código Aduanero Común; no existe libre circulación de capitales, servicios o personas y no se logró la liberalización plena del comercio intrazonal.

Escenarios Pasando revista a las diversas realidades regionales desde última década del siglo XX en adelante, podemos señalar lo siguiente:

- Afianzamiento de un proceso de democratización política, que impulsó el clima de negocios particularmente intrazonal.

- Asimetría de tamaño de los mercados argentinos y brasileños y sus empresas.

- Proceso de transnacionalización de empresas, particularmente en Brasil que, a través de su legislación, atrajo el mayor flujo de inversiones.

- Impacto diferenciado de las crisis macroeconómicas internacionales en la economía de cada país miembro.

- Fuerte crecimiento de la clase media brasileña.

- Proceso de desnacionalización intrarregional de empresas con predominio de capitales de Brasil que, impulsados por un sistema financiero sólido, invirtieron en empresas argentinas de sectores tan variados como petroleros, textiles ,acerías, bancos, bebidas, etcétera.

- Inexistencia en nuestro país de una banca de desarrollo equivalente al BNDES de Brasil.

- Limitaciones del mercado de capitales argentinos que restringe fuertemente el acceso a sus empresas a ingresar en la Bolsa y emitir Obligaciones Negociables. Desafíos

En el marco de escenarios como los citados, la región enfrenta la necesidad de introducir cambios en su accionar. Por ejemplo: - Atenuar las actuales asimetrías y heterogeneidad regional.

- Fortalecer las cadenas de valor sectorial en empresas dentro de cada país y regionales.

- Generar sinergias y la integración de políticas sociales que procuren lograr más empleo, más productividad y mejor distribución.

- Afianzar el nivel de confianza entre los países miembros, particularmente entre la Argentina y Brasil que permitan resolver las tensiones políticas y las relaciones comerciales bilaterales.

- Establecer políticas y estrategias comunes que destierren prácticas defensivas como fijación de cupos, regímenes de licencias previas o medidas comerciales unilaterales.

- Procurar la integración productiva entre los países miembros, impulsando Sociedades de Exportación hacia terceros mercados.

- Favorecer el uso de monedas locales en el intercambio comercial intrazona.

- Consolidar en nuestro país la relación Gobierno – Sector Privado en lo referente a mostrar una posición consensuada, respaldada por una política industrial acordada y sustentable.

Panorama

El horizonte macroeconómico y una profundización del bloque regional, permitiría: - Un posicionamiento muy favorable en un escenario de fuerte demanda internacional de alimentos ( China, India, etcétera), por ser la región la mayor productora mundial.

- Mayor participación argentina en un contexto de ampliación del comercio intrarregional.

- La formulación de acuerdos macroeconómicos entre los países miembros.

- La extensión de acuerdos comerciales hacia una zona ampliada de las Américas.

- Perfeccionamiento del sistema político , económico y de seguridad.

- Mejoramiento y afianzamiento de la seguridad jurídica.

- La Argentina tiene una oportunidad privilegiada de crecimiento como socio estratégico de Brasil, ya instalado entre las economías de mejor desempeño a nivel mundial.

Concluyendo, consideramos que el contexto actual de economía globalizada y de disparidades estructurales entre sus países miembros, dificulta concretar un Mercado Común Latinoamericano. Tampoco contribuye el número creciente de acuerdos de libre comercio firmados por varios de los países que componen la ALADI con bloques y/o países extra zona.

Por ello, tratándose predominantemente de países en desarrollo , deben proponerse superar sus diferencias y consensuar posiciones para fortalecer su posición negociadora, particularmente en escenarios como el actual, de turbulencia económica internacional.

José P. Sanjuán

El ingeniero José P. Sanjuán presidente de la Asociación Argentina de la Industria Eléctrica y Electrónica, y representante del sector privado en las negociaciones desarrolladas en la ALALC y en la ALADI, reseña la trayectoria de ambas instituciones y plantea sus dudas sobre las posibilidades de que la última de las nombradas pueda asumir un mayor protagonismo en el proceso de integración regional.

“Participé en la ALALC a partir de 1972/73 en las negociaciones del sector privado en representación de empresas de la industria de artefactos para el hogar, primero la línea blanca y poco después del rubro de pequeños aparatos electrodomésticos. En ese entonces, teníamos un par de reuniones anuales que duraban hasta dos semanas de trabajo entre los empresarios de distintos sectores. Las negociaciones, sin duda, la manejaban las grandes compañías, muchas de ellas multinacionales.

Personajes de la talla de León Pinkler, presidente de la Asociación Argentina de la Industria Eléctrica y Electrónica (AAIEE) y el brasileño Costa Santos hacían de las reuniones verdaderos acontecimientos que trascendían las cuestiones económicas-empresariales. En aquella época, la Argentina todavía tenía en general superávit en el intercambio comercial con el resto de los países de la región y en el caso especifico de nuestro sector también con Brasil.

El proceso de la ALALC mostró desde mediados de la década del ’70 evidentes signos de agotamiento. Un proceso que se había centrado casi exclusivamente en los acuerdos sectoriales multilaterales, con desgravaciones arancelarias en función de preferencias y la limitación de las importaciones a través de los regímenes de origen específico, ya era superado por las nuevas necesidades de los países miembros. Sin embargo, no todos estaban de acuerdo en acompañar la terminación del ciclo de la ALALC e iniciar uno nuevo con la ALADI. En nuestro sector, por ejemplo, se discutió con profundidad y tuvimos serios conflictos y a partir de entonces, en distintas oportunidades, en la delegación argentina se plantearon diversas posiciones que se traducían en distintas declaraciones de los subsectores.

Las diferencias se agudizaron también visto el cambio de la modalidad comercial y de posición relativa de la Argentina dentro del Continente, que también se traducía en la perdida de peso relativo en las negociaciones de la ALADI. El crecimiento de Brasil y México comenzaba a verse con cierto temor entre los empresarios argentinos.

En los primeros años del nuevo organismo no se hizo mucho y no se logró generar un mayor intercambio comercial que, inclusive, se redujo en nuestro sector. La década del ’90 sabemos como la vivimos en la Argentina: con algún tipo de incertidumbre en los primeros años y a partir de 1996 con costos nacionales intolerables -no solo para competir en los mercados externos- que nos pusieron a los empresarios a la defensiva.

Pese a ello, en esos años hubo una pequeña explosión exportadora en nuestro sector, aprovechando ciertas ventajas financieras -políticas de financiamiento a las ventas externas- frente a Brasil que tenia costos de financiamiento altísimo. Pero nuestro vecino a partir de 1996 cerró sus fronteras, no oficialmente como es su estilo, para enfrentar su propia crisis. Solucionado ese problema como consecuencia de la famosa devaluación asimétrica del `99, el signo del comercio en la región cambió dramáticamente con serios perjuicios para el sector argentino de electrodomésticos. Y nuestra situación de debilidad no sólo fue aprovechada por Brasil sino también por países europeos y, en pequeñísima escala, por Chile y México.

En realidad, la ALADI nunca tuvo la potencia de arranque de su antecesora. A partir de la firma del Tratado de Asunción en marzo de 1991 y la puesta en marcha del Mercado Común en 1995, perdió vigor y si a ello le sumamos la conformación de la Comunidad Andina de Naciones -con el antecedente del Pacto Andino- la declinación fue más notoria. Quedó como una “cáscara contenedora” de los acuerdos. Tanto el Mercosur como la CAN son acuerdos dentro de la ALADI –que les asigna un número-, pero con independencia total de funcionamiento.

- ¿Es posible un mayor protagonismo de la ALADI?

- Sí es posible. Tenemos los acuerdos y tratados que habilitaron la conformación del Mercosur y de la Comunidad Andina de Naciones que, de aceptarse una mayor injerencia de la ALADI en su desenvolvimiento, permitirían recuperar la participación del organismo regional en la dinámica de los acuerdos. Hoy están pendiente de decisiones políticas. Por ejemplo, en la tramitación del ingreso de Venezuela como socio pleno del Mercosur, de haber intervenido la ALADI seguramente se cumplirían estrictamente los pasos establecidos y no sólo dependería de la voluntad de los Congresos de los países miembros. Y Bolivia y Chile, que ya tienen acuerdos de complementación casi concretados, estarían a las puertas de ingresar en aquella condición.

La problemática regional contempla temas que teóricamente habilitarían a la ALADI para tener mayor protagonismo y no quedar relegada a un papel secundario, como viene ocurriendo desde hace años.

Para nuestro sector, la ALADI es hoy como nuestra casa. Una o dos veces al año en su sede se reúne la Asociación Latinoamericana de la Industria Eléctrica y Electrónica, nos brinda la colaboración de sus cuerpos técnicos, nos aporta documentación y estadísticas y logramos algunos consensos interesantes, como en 2004, cuando suscribimos un documento para elevar a nuestros gobiernos relacionado con el posicionamiento del Mercosur en las negociaciones que se llevan adelante por entonces con la Unión Europea.

Hemos tratado de introducir en la agenda del organismo un tema al que, en otras regiones del mundo, se le está prestando mucha atención y ha revitalizado a este tipo de Asociaciones: los acuerdos de eficiencia y de ahorro energético. En el tema participa el Comité Panamericano de Normas Técnicas (COPANT) que es muy específico, pero nosotros queremos integrar en su análisis a los hombres de negocios. Nadie duda de la conveniencia de la implementación de normas técnicas, pero es sabido que en el comercio internacional son utilizadas como barreras de acceso a los mercados.

En esta problemática hemos plantado la semilla, pero es difícil encontrar elementos motivantes que aporten al renacimiento de la ALADI.

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