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Política industrial

Una oportunidad perdida

“La Argentina es un país por edificar”, decía Alejandro Bunge. Lamentablemente, todavía es así. La nación no es, ni de lejos lo que podría haber sido de no mediar constantes desencuentros entre quienes fueron sus dirigentes y la falta de un proyecto común. Hubieron muchos momentos históricos decisivos, casi todos coincidiendo con una recomposición del mercado mundial, con un realineamiento del país, con la definición de nuevos amigos y también de nuevos enemigos. En esas ocasiones no faltó quien formulara una propuesta lúcida, no importa cuál sea el juicio que a cada uno le merezca. Una de ellas fue el Plan de Reactivación Económica presentado por Federico Pinedo en noviembre de 1940. En esta nota, que tiene como antecedente un comentario publicado en la edición No 53, - Abril 1982-, de Informe Industrial, y cuyos tramos salientes se reproducen, recordamos los hechos que llevaron a la presentación del plan, su tramitación parlamentaria, el rechazo de la oposición y el alejamiento de su autor del gobierno nacional.

ImagenEl doctor Federico Pinedo fue en tres oportunidades ministro de Hacienda de nuestro país.
En el ojo de la tormenta

Los años cuarenta se inician con un profundo cambio en el mercado mundial y con algunos gestos de realineamiento internacional del país, que oscilaba entre Gran Bretaña y Estados Unidos, al tiempo que debatía la neutralidad o no.

En los primeros meses de 1940 hubieron indicios evidentes de ese proceso ambiguo. Lord Willingdon visitó Buenos Aires para estrechar vínculos, ahora y en la posguerra. Raúl Prebisch, a la sazón gerente del Banco Central, estaba en Washington, que después enviaría una delegación con el mismo propósito de mejorar la relación económica entre ambos países. Y –como sostuvo Jesse Jones, secretario de Comercio estadounidense- “no en una forma temporaria, como necesidad impuesta por la crisis mundial sino con miras a un amplio entendimiento de largo alcance”(1). Evidentemente, algunos veían lejos.

Desde el punto de vista económico la situación es simple, pero difícil. El conflicto mundial supone excedentes agropecuarios de problemática colocación en el trágico escenario europeo. Desde los años veinte existe un larvado y creciente proceso de sustitución de importaciones, en especial las de origen ingles. Como las exportaciones a Gran Bretaña aumentan, el saldo de la balanza comercial es netamente favorable a la Argentina. Pero, decretada la inconvertibilidad de la libra, el problema era cómo retribuir a los productores rurales.

Desde el punto de vista político, el fraude aparecía en la base del poder conservador, las corporaciones (Sociedad Rural Argentina, Unión Industrial Argentina, Bolsa de Comercio) aumentaban su capacidad de presión sobre los órganos de poder y las tensiones entre la Unión Cívica Radical (UCR) y el oficialismo –que habían comenzado a disiparse en 1936, al abandonar aquella la abstención– eran cada ves más serias(2).

El 3 de julio de 1940 la enfermedad que aquejaba al presidente Roberto M. Ortiz hace crisis. La diabetes aguda le produce una ceguera total que le imposibilita el ejercicio de sus funciones y lo delega en el vicepresidente Ramón S. Castillo, quien el 2 de septiembre reorganiza el gabinete heredado y designa a Federico Pinedo como ministro de Hacienda.

Con los problemas económicos y políticos que preocupaban al país y al mundo ¿Qué hacer? ¿Mantener abierta la economía o alentar a la industria incipiente? ¿Conservar el sistema de alianzas o reacomodarse a los tiempos que seguramente vendrían?. Es posible que Pinedo que con posterioridad omitió toda referencia a su plan del 40, entendiera, en ese momento, lo que nadie entendió. La elite dirigente tenia una chance, tal vez la última, de cambiar las cosas. De otro modo, otros las cambiarían por ella.

Eran otros hombres, aquéllos

El Plan de Reactivación Económica –que fue remitido por el Poder Ejecutivo el 14 de noviembre a la Cámara de Senadores y que terminó llamándose Plan Pinedo, aunque en el hubieran colaborado también Raúl Prebisch, Ernesto Malaccorto y Guillermo Walter Klein (padre)- era transparente. Trataba de contrarrestar las consecuencias de la disminución del comercio exterior a través de incentivos a la actividad económica interna tanto de la industria manufacturera como de la construcción(3).

Para repartir las cargas proponía comprar los excedentes de las cosechas (lo que ya había sido ensayado por Hipólito Irigoyen en 1919), financiado estas compras con “los fondos sin empleo activo depositados en los bancos”. Se autorizaba al Banco Central a financiar proyectos industriales a quince años y planes de construcción de viviendas a treinta. Se acababa el papel rector del banco de bancos y, de hecho, se convertía en una banca de fomento, como sería más tarde el Banco Industrial. Por otra parte, y adelantándose cincuenta años a la creación del Mercosur, el Plan contempla la promoción del intercambio con los países vecinos, recomendando para ello un tratado comercial con Brasil que luego debía generalizarse, ampliando los mercados para la industria.

Es cierto que el Plan Pinedo procuraba seguir siendo fiel a los principios liberales: el Banco Central –decía- no habría de competir con la banca privada. Pero allí estaban, en germen, las ideas de apropiarse de los excedentes monetarios y trasladarlos a la industria, de alterar la estructura financiera y de intervenir en la economía cuando fuera menester.

Si hasta el propio Pinedo dijo, en 1946, que si en 1940 “el país no se decidía por la simple inflación, era posible un proceso de depresión”. Había que optar. Y optó, desde luego, pero no lo acompañaron.

El día en que se escriba la historia

En los diarios de la época, que se dedican a la guerra y a las fintas parlamentarias, pocas veces se menciona el titular de Hacienda. A principios de noviembre de 1940, “La Prensa” habla de la continuación de la Nueve de Julio desde Bartolomé Mitre hasta Avenida de Mayo o Victoria, narra el encuentro entre Petain y Hitler, informa que Roosvelt cree que hay un acuerdo antidemocrático en contra de su reelección y hasta glosa a José Ortega y Gasset que se preocupa porque “el hombre no quiere escuchar los que le puede pasar y prefiere vivir intelectualmente como cloroformado” (¡Ya por entonces!). Pero del plan de reactivación, nada.

Sólo el 6 de noviembre, en página par, seis centímetros de columna anuncian una reunión de ministros del Poder Ejecutivo. Allí habría de recibir los primeros embates don Federico. En efecto, el ministro del Interior habla de “inflación monetaria” y de “desmedro de los capitales privados”(4).

Después, de un largo silencio. El 10, el periódico de los Gainza Paz titula a casi toda página: “Munich fue bombardeada por los aviones ingleses mientras el señor Hitler pronunciaba un discurso”. Al día siguiente muere una de las personalidades más patéticas del siglo, Arthur Neville Chamberlain.

De pronto, Roberto Ortiz desde su lecho de enfermo rompe la atonía. Después de algunas vaguedades a propósito del conflicto mundial, ataca al plan: “El proyecto en cuestión, por su misma importancia, debe ser objeto de un minucioso estudio, y a ese propósito debo significar que no he tenido conocimiento de que sobre el particular se haya realizado el debate intenso y de fondo que el caso requiere”. “Ello es indispensable –concluye poco antes de volver a su prolongada agonía- para la propia seguridad del país y para poder tener la certeza de que la adopción de las importantes medidas que se proyectan, que afectan tan importantes intereses, habrán de redundar, verdaderamente, en beneficio del país”(5).

Como si hubiera sido un guiño intencional, “La Prensa”, editorializa. “No estamos de acuerdo con la suposición de que el país ha caído en una especie de fatalismo oriental, del que vendría a sacarlo un plan oficial. Hay dos medios seguros de estimular las actividades económicas. Reducir los gastos públicos y devolver al pueblo las libertades de trabajo, comercio e industria. Reducir los gastos administrativos es aliviar a la población contribuyente, abaratar la vida, defender la moneda para que no suban los precios de los artículos más necesarios, detener el crecimiento de las deudas públicas y transformar en productores a los oficinistas que realmente no sean necesarios. Tampoco quiere oír el gobierno recomendaciones sobre la necesidad de devolver al pueblo sus actividades económicas. Por lo contrario, insiste en sus afanes reguladores”(6) .

El diputado Alejandro Maino critica la opinión de Pinedo, quien sostiene que “nuestra industria no tiene fácil acceso al mercado de capitales” y que “es muy escaso el papel industrial que se coloca en la Bolsa”. “Es el propio Estado el que ha creado esta situación –afirma el representante de la UCR–, acaparando para si todos los capitales. Si el Estado se coloca en igualdad de condiciones que los demás prestatarios del país frente al mercado del dinero, este acudirá también a las industrias sin necesidad de que el temible competidor, el Estado, acuda ahora, por vía de una economía dirigida, a sustituirse a la iniciativa privada”. Marcelo T. de Alvear también fustiga. “Es necesario bajar el interés de los títulos públicos porque éstos constituyen los verdaderos capitales perezosos del país, ya que sin sufrir ningún riesgo ni impuesto perciben el 5% de ganancia. Mientras exista una colocación tan ventajosa, será imposible conseguir que esos capitales sean invertidos en otras empresas”(7) .

En fin, las declaraciones llueven. Mientras la Unión Industrial Argentina manifiesta su cálido apoyo, la Sociedad Rural Argentina adhiere con reservas poniendo especial énfasis en la necesidad de limitar la industrialización a las materias primas nacionales y de promover decididamente a las exportaciones. La entidad dice “la prosperidad de nuestro país está vinculada a la marcha de los negocios agropecuarios. La retención de las exportaciones de los productos del campo provocará un malestar económico general. (El fomento industrial) debe estar subordinado fundamentalmente a nuestro intercambio. (El fomento a la edificación) debe encaminarse principalmente hacia obras retributivas, como elevadores de granos”. El Partido Socialista proclama que “se opondrá a todo proyecto fundado en arbitrios financieros que conduzcan al emisionismo o que puedan crear condiciones para una inflación monetaria y a medidas que desarticulen al Banco Central, como las de agregar a sus funciones especificas otras nuevas, que determinen su transformación en el banco destinado a financiar industrias a plazos largos”. Y desde el radicalismo el del senador Atanasio Eguiguren sostiene que “el mejor procedimiento para absorber la desocupación es la construcción de caminos, porque allí no se necesitan, como para la construcción y las industrias, obreros especializados, sino que basta con el trabajador corriente, que constituye el mayor volumen de desocupación”.

El Senado terminó aprobando el Plan de Reactivación Económica eliminando sus aspectos más industrialistas. Pero en la Cámara de Diputados la oposición tenía mayoría y la iniciativa fracasaría irremediablemente por cuanto la bancada radical se negaba a considerar ninguna iniciativa del Poder Ejecutivo hasta que se anularan las elecciones fraudulentas realizadas en esos días en Santa Fe y Mendoza. De manera que Pinedo procuró hablar con quien tenía que hablar, con el propio Alvear. Tomó un avión (cosa desusada para la época) y se fue a Mar del Plata, donde estaba el chalet “Villa Regina” del líder nacional. El ministro de Hacienda traía en sus alforjas algo que iba más allá de lo económico, un plan político.

Si bien Alvear es receptivo a las propuestas de Pinedo y coincide con su mensaje conciliador, los radicales dijeron nuevamente no. Había demasiado fraude ya.

Y los concordancistas se irritaron. El gobierno había demostrado demasiada paciencia.

El 14 de enero de 1941, Federico Pinedo renunciaba. En su misiva a Castillo reconocía: “Me he equivocado en el procedimiento o en la oportunidad. Las grandes fuerzas políticas, inclusive aquellas con las que he colaborado, no han encontrado acertada mi iniciativa”.

Otra oportunidad perdida como lo señaló Juan J. Llach: “Pese a tratarse de la propuesta más elaborada y más integradora que el excluyente régimen político instaurado en 1930 pudo ofrecer al país, el Plan fue derrotado políticamente. Este fracaso no fue el producto de las virtudes o defectos del Plan, ni de sus evidentes vacilaciones, ni de nada que le fuera intrínseco. Por el contrario, fue el elevado precio que la elite gubernamental debió pagar por su incapacidad para forjar en su momento una alianza social y política más amplia y capaz de dar respuestas más tempranas a las dificultades de tipo estructural que afrontaba el desarrollo de la economía argentina y a los ‘catálogos de peticiones’ que se venían acumulando desde la Primera Guerra”(8).

Los chiquilines de la época leían “El libro de oro de Patoruzú”, que costaba un peso. Las amas de casa escribían cupones a Aceite Único con la esperanza de ser agraciadas en el sorteo de un zorro plateado. Muchos iban al cine a ver “El cielo y tú”, con Bette Davis y Charles Boyer. Pero casi nadie entendió que aquel 12 de enero de 1941, cuando Alvear rechazó el plan de Pinedo, el país había dado vuelta la esquina de la historia. Pocos años después la volvería a encontrar. Pero en la otra vereda.

Referencias

(1) La Prensa, 21 de noviembre de 1940.

(2) CF. Horacio J. Pereyra: “Pinedo y el plan económico de 1940”; en revista “Todo es Historia” No 131, abril 1978.

(3) El plan se puede consultar en revista “Desarrollo Económico No 75, octubre/diciembre 1979.

(4) La Prensa, 6 de noviembre de 1940.

(5) La Prensa, 20 de noviembre de 1940.

(6) La Prensa, 21 de noviembre de 1940.

(7) La Prensa, 24 de noviembre de 1940.

(8) Juan J Llach: “E1 Plan Pinedo de 1940, su significado histórico y los orígenes de la economía política del peronismo”.

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