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Procesos de integración

Unión Europea-Mercosur

El optimismo que manifiestan las autoridades comunitarias de la Unión Europea al evaluar el futuro de la ‘asociación estratégica’, contrasta con el pesimismo que se advierte en América Latina, particularmente entre los principales países del Mercosur.

El compromiso europeo con la región no se expresa en acciones concretas que den mensajes claros de una voluntad de profundizar los vínculos con América Latina, aun cuando los motivos de esa situación se sostengan en las dificultades que encuentran entre sí los propios países latinoamericanos para convenir sus propias negociaciones externas y las dificultades de la UE por vincular su política agrícola común con una igualmente común política exterior.

Una ‘asociación estratégica’ abarcando la totalidad de ambas regiones puede ser más retórica que realista, aun cuando ningún país latinoamericano debería quedar fuera de las relaciones bilaterales y de las perspectivas beneficiosas que ellas pueden producir en el futuro.

El punto al parecer central es que el Mercosur, como expresión común de América Latina, con justificadas razones que remiten a sus necesidades por incrementar el desarrollo económico por vía de una ampliación de su comercio exterior, ha puesto una atención central en la concreción de un acuerdo de libre comercio. Sin embargo, éste no es tal vez ni el punto de inicio ni de llegada para el incremento de los vínculos con la UE. El camino debe pasar por la búsqueda de estrategias y consensos que modifiquen la actual estructura de las relaciones entre ambos bloques, sobre la base de nuevos posicionamientos internacionales y la modificación de los respectivos intereses de una región hacia la otra y viceversa.

Sería deseable que la UE evite emitir los mensajes falsos que hacen creer que las negociaciones puedan ser retomadas próximamente sobre las mismas bases que las hicieron fracasar hasta el presente. El objetivo teórico del libre comercio no corresponde ni a las realidades ni a los intereses verdaderos de ambas partes. La UE no lo acepta en el sector agrícola, y es dudoso que lo acepte a largo plazo, de manera que es contraproducente negociar con objetivos irrealistas.

Por su lado, los países del Mercosur no desean, con buenas y menos buenas razones, conceder a Europa lo que ésta les pide como contraparte, en los campos de los productos industriales, servicios, inversiones, mercados públicos, transportes, etcétera. Muchos se preguntan sobre cuál sería el interés de relanzar una negociación cuyo resultado amenazaría ser desastroso para ambas partes y sólo beneficiaría a algunos colosos de la industria, de los sectores agroalimentarios y al comercio. Sería preferible darse el tiempo de la reflexión y definir objetivos razonables y realistas, cuya realización correspondería a consensos políticos sólidos en ambas partes. No hace falta ser historiador, por cierto, para recordar que no fue la prédica del libre comercio lo que hizo que los países hoy industrializados llegaran a serlo sino el recurso a políticas fuertemente proteccionistas.

Por otra parte, la UE adolece de una voluntad política sólida para transformarse en un actor global que pueda influir decisivamente en el progreso de las agendas mundiales.

Es evidente que hay una crisis de liderazgo que se manifiesta, en su dimensión externa, en particular en las disensiones internas relativas a las posiciones sostenidas vis–à–vis el poder norteamericano. Tal vez la profundización de sus vínculos con América Latina y el Mercosur, haciendo de ellas una alianza estratégica real, podría contribuir a modificar su papel en el sistema mundial actual.

La estrategia aquí pasa por diseñar una ‘agenda de trabajo’ que permita hacer de los vínculos bilaterales un complemento para las respectivas estrategias de inserción internacional y liderazgo occidental para hacer avanzar las negociaciones mundiales –en todos los ámbitos y sectores – sobre las cuales ambas regiones comparten similares valores, principios e intereses en el largo plazo para asegurar la calidad de vida de sus respectivas poblaciones futuras”...

Sin embargo, debemos llamar la atención sobre las negociaciones, en este caso, las comerciales. Tal como la propia Comisión lo ha señalado, la situación que atraviesa actualmente América Latina pone de manifiesto que subsisten riesgos que pueden comprometer el futuro no sólo de las relaciones bi regionales, sino el propio desarrollo político, social y económico de la región latinoamericana. Ello amerita que la UE, dado el peso que ella tiene en América Latina por sus vínculos comerciales, diplomáticos, culturales, financieros y de cooperación, ponga más empeño en el imaginario de lo que sea posible hacer.

La evidente complementariedad económica, la cercanía cultural y un amplio grado de coincidencias en posiciones políticas internacionales podrían ser útilmente aprovechadas para que aquella “alianza estratégica birregional” proclamada desde la Cumbre de Río se convierta de una retórica poco convincente en una realidad más constructiva, equilibrada y satisfactoria para ambas partes.

(“El futuro de las relaciones Unión Europea-América Latina” por Raúl Bernal- Meza en “Revista Aportes para la Integración Latinoamericana”, Nº 16/junio 2007) .√

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